¿Tiempo de Redención?

Debo confesar que cuando se me preguntaba si el Autódromo Hermanos Rodríguez de la Ciudad de México podría recibir un Gran Premio de Fórmula Uno, simplemente contestaba que no...

¿Tiempo de Redención? Debo confesar que cuando se me preguntaba si el Autódromo Hermanos Rodríguez de la Ciudad de México podría recibir un Gran Premio de Fórmula Uno, simplemente contestaba que no. Debido a los requerimientos de seguridad en las pistas más rápidas y demandantes que comparten características con el de México (considerado alguna vez uno de los mejores del mundo), como la imposibilidad de crecer zonas de escape y hacer modificaciones que casaran con los intereses de quienes lo controlan, me parecía que simplemente no podría ser. Ese circuito, con cinco kilómetros originales de recorrido, con variadas alternativas de pista, como el excelente circuito de cuatro kilómetros; con inclusive un óvalo, con una de las rectas más largas (como Monza) que desembocaba en una curva llamada “Espiral”, una “Ese” conocida como del Lago o “Presidencial”, una Horquilla, unas fabulosas “Eses” que requerían auto y habilidad especiales para negociarse y una “Curva Peraltada” que siempre separó a los niños de los hombres, fue siendo prácticamente tasajeado por nosotros, esos mexicanos que alguna vez caricaturizó certeramente Abel Quezada. Administradores y concesionarios por igual solo vieron por sus intereses y nunca por la preservación de una verdadera joya, reconocida y respetada mundialmente y creada para combinar el Deporte Motor con muchas otras disciplinas deportivas, por hombres con una visión tan amplia como la estrechez mental de los que les siguieron. Cuando los hermanos José y Julián Abed decidieron darle a México una segunda época de Fórmula Uno, esos requerimientos de seguridad obligaron a que la intimidante “Espiral” y la complicada “Horquilla” fuesen eliminadas del recorrido que recibió un complejo ahora llamado Moisés Solana y un retorno que permitió crear lo que se bautizó como “Estadio”, un estadio con tribunas que recibieron a cientos de aficionados. Pero la “Espiral no fue descartada para que se construyera un supuesto lugar para patinar que terminó convertido en refugio de vagos y malvivientes, ni la Horquilla para que después de una bella misa papal se dejara abandonada y fuese muriendo poco a poco, dolorosamente. Luego vino la muerte de la Peraltada; para mí el pecado de no haber encontrado una mejor solución al pánico que creó un accidente -ahí- del inolvidable Ayrton Senna. Ni cuando se mató Ricardo Rodríguez se contempló su eliminación. ¡Sacrilegio! Pero los tiros de gracia, convertidos en desgracia para ese Autódromo, reconocido y respetado mundialmente, fueron el llamado foro sol (si, con minúsculas) y un centro de alto rendimiento, no se si deportivo, que lo dejó como los centros comerciales cuyos espacios de estacionamiento van desapareciendo poco a poco por la desmedida ambición de los fabricantes de selvas de concreto. Ni siquiera la grosera construcción de inmensas tribunas sobre los pits para recibir a Champ Car -que de golpe y porrazo anularon la posibilidad de apreciar el recorrido total del óvalo tal y como fue planeado-, se comparan con el daño que esa dos construcciones le hicieron a la convivencia de deportes y naturaleza. A un parque comparado con el italiano Monza. Dos épocas de automovilismo del máximo nivel ha vivido el autódromo y en el horizonte se vislumbra una tercera. Tenemos piloto en la Fórmula Uno y la bola de nieve ha crecido tanto que ahora necesitamos nuestro Gran Premio. Se acaba la especulación: Cancún, Monterrey, Guadalajara, todas esas plazas saltaban a la mente porque todos queremos nuestra carrera, pero ahí está nuestro autódromo y lo que yo ya no creía tiene ahora visos de volverse realidad. Que suerte, porque además de nuestro piloto en la Fórmula Uno, tenemos en José Abed a un vicepresidente de la FIA y a quien su presidente, Jean Todt, quizá le deba los votos que le permitieron llegar a donde está. En el automovilismo también hay política. Y de la mano de su hermano Julián, vuelve a echarse a cuestas la tarea de regresar a nuestra Grande Epreuve. Hoy esperé para escribir esta columna como ellos esperaron por la mañana la llegada de Charlie Whiting, representante de FIA encargado de dar el visto bueno a pistas cuyos países desean tener un Gran Premio de Fórmula Uno. Se ha presentado un proyecto muy interesante, menos complicado de lo que yo pensaba. Los temas de seguridad y facilidades de operación predominan y hasta la implementación del exclusivo Paddock Club, hoy en día indispensable para la Gran Carpa, cumplen con los requisitos. Se me dice que el personaje se va con la mejor voluntad de apoyar, pero hay otros elementos que animan: el calendario provisional de la F1 para el 2012 contempla 21 carreras y los equipos poco están de acuerdo. Pero me parece que sobre Bahréin pende la espada de Damocles y Turquía tiene un asterisco; está sujeta a confirmación. Entre el Gran Premio de Corea, 22 de abril y el de España 20 de mayo, está el del Istambul Park (6 de Mayo) y esa fecha podría ser la idónea para el Gran Premio de México. Finalmente, el calendario podría quedar en 20 carreras y todos contentos, nosotros más que nadie. Con esos súper Jumbos, cual es el problema de cruzar el pacifico, visitar México y luego cruzar el atlántico. En momentos como estos dejamos de ver hacia atrás y quizá hasta disculpar podamos a quienes han lastimado tanto nuestro sagrado Autódromo; vaya, por los aficionados, hasta jugo le podrán sacar a la mole concierto-beisbolera. Si en verdad es tiempo de redención, aleluya. Nuestro autódromo bien valió una misa.

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