El silencio inocente: Miedo a la muerte

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MAX/MEDIOTIEMPOOctubre de 2007

  • Por Sergio Almazán

Los mexicanos inauguramos el penúltimo mes del calendario con la muerte. Noviembre nos visita catrín y silencioso, y lo festejamos porque su arribo nos da miedo. ¿La muerte es un destino, un arribo o un final?

A-DIOS: ESTIMULO DE LA EVIDENCIA

Desde varios ángulos y una inmensidad de posturas ideológicas y filosóficas, el hombre se ha preguntado sobre el destino manifiesto: la muerte. Ahí está, todos los días, latiendo a nuestro lado, regalando un Cronos en sentido contrario. Cerca o lejos, el trayecto de la vida se marca con la análoga presencia de nacer/morir y ante ese hecho el hombre ha detenido su acelerada visión de lo infinito para reconocerse vulnerable ante la evidencia: el silencio inocentemente cínico de la no-respuesta.

Una callada manera de estar en la presencia ausente del tiempo y el espacio, la muerte arriba así: definitiva y de tajo; sin anuncio o víspera; sólo llega y se instala eternamente como una contradicción al tiempo. Quizá por eso da miedo, porque el pulso que marca latidos y segundos se rompe para entregarse al anacrónico estadio de lo infinito. Una palabra la define: a-Dios, como una enseñanza acariciada desde el silencio. Así desnuda, infantil, desvalida como la pena, adiós se hace —paradójicamente— una evidencia contundente y desesperante, permanente y definitiva. La muerte dialoga en un solo lenguaje. El silencio y el adiós se formula como el verbo encarnado del destiempo, atemporal e infinito, no modificable. La muerte es una disposición que conduce también al otro a nuestro destino: su ausencia.

LA PACIENCIA DEL TIEMPO: MUERTE SIN MIEDO

Tememos a la muerte, la retamos en vida; buscamos su presencia y decoramos su evidencia, pero le tememos. Quizá nos atemoriza más la muerte del otro que la nuestra, porque en la propia somos protagonistas, no víctimas; somos fin, no acompañante. "La muerte del otro es el encuentro con su rostro", habría dicho Lévinas. La muerte es la sin-respuesta; un diálogo roto con nosotros, los que somos protagonistas. La muerte del otro suspende el diálogo sin permiso ni acuerdo, sin tregua ni cautela. Así, el fin es siempre la ambigüedad de la partida, de un retorno mudo, cínicamente escandaloso por silencioso. No hay réplica del otro. La muerte es la paciencia del tiempo, la responsabilidad del infinito y la evidencia de la nada. Una nada nirvánica que se nutre del todo karmático; es el cero perfecto del budismo. La muerte como liberación natural de tiempo, naturaleza, destino, impaciencia, voluntad… Por ello, no puede pensarse en la muerte propia como un pesar o un miedo. Es la muerte ajena la que nos aterra, porque nos deja con la responsabilidad de una carencia siempre expuesta.

TOTALIDAD E INFINITO: LA NOCHE DE LA MUERTE

Temor a la muerte del otro, no como un aniquilamiento sino como una cierta experiencia para el que sobrevive, porque la muerte es una imposibilidad. El que muere, prohíbe el diálogo, prohíbe matar el tiempo… prohíbe. El que muere nos hace responsables únicos de nuestra complicidad y nuestro común acuerdo: vivir. De ahí surge el miedo, ya no de la muerte porque en el fondo no nos destruye, sólo descubre una emoción: la inquietud de lo desconocido. "En la noche de la muerte/ tú serás mi pesadilla", dice el poeta David Haro.

CONOCIMIENTO DEL DESCONOCIDO

Justo ahí, en la oscuridad que regala, la muerte se superpone a la dicha y la vida; se hace total y única; la muerte como una hospitalidad genuina, personal e irrevocable; un arribo extranjero para el vivo; una distancia infinita. En ese extrañamiento de presencia el que muere conoce y el que vive desconoce. Ese que se va comienza a ser extraño. Es aterrador; se funda una sentencia evidente: ya no estamos en tiempos ni espacios iguales. La muerte es fiel testigo de esa trascendencia de los comunes, ahora discontinuos.

El francés Maurice Blanchot dice que "no hay que desesperar de la filosofía, porque la muerte la resuelve", y es que quizás en esa interrupción infinita donde quedan arcanos y síntesis de lo compartido, vivido y resuelto está la verdadera identidad del conocimiento. Un acontecimiento tan definitivo no contiene dudas como las de la fe, la ciencia, la razón o la filosofía.

El a-Dios nos reserva la muerte del otro, es el ideal infinito no en especie, no en inspiración, sino en aspiración a lo extranjero, al extraño arribo donde los que vivimos no podemos entrar; no hay acceso. El A-dios nos envía inmediatamente al tiempo suspendido, mientras que el otro ya burla las reglas de Cronos para instalarse en simetría de lo inconmensurable. Adiós es una sola evidencia, definitiva y mortal, como el miedo a la muerte. Es un silencio inocente que nos perturba porque rompe el diálogo. La muerte del otro nos aterra por su Adiós.

[MAX/mt]

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