¡Chinga tu madre, pendejo! El Tri, su afición y las emociones liberadas

Emotivo de principio a fin, la Selección vivió un juego caliente, tanto por el clima como por el ambiente provocado por los 43 mil 472 aficionados, la mayoría de ellos mexicanos.
 El verde, blanco y rojo predominaron en la Rostov Arena.  (Foto: Imago7)
Rostov del Don, Rusia -

Una bandera de México con el escudo del Necaxa en vez del águila y la serpiente. Trapos que decían Pantitlán, La Adicción, Querétaro. Todo ello, a 11 mil 500 kilómetros de distancia.

La Arena Rostov fue una franquicia mexicana de lleno caluroso, de pocos pero ruidosos coreanos y una tensión que tuvo a la afición plena de energía pero también de nerviosismo hasta el último silbatazo.

Los fanáticos del Tri no solo cantando alegraron los corazones sino que también mataron las angustias. Porque Carlos Vela metió el 1-0 con coro, sin el típico silencio de un penal sino un “¡Olé, olé, olé, Vela, Vela…!

Pero desde antes, cuando Corea comenzó a llenar de faltas el juego, una de ellas al hoy consentido del Tricolor, la grada cantó a todo pulmón “¡El Chu-chy Lo-za.no…!” a ritmo de “Seven Nation Army”.

Todo fueron emociones a tope, tanto en la grada como en la banca, cuyos miembros vieron de pie el gol de Vela, salvo Juan Carlos Osorio, quien fue a sentarse como quien ve de espaldas las series de penales de tanto nervio.

Y pronto, después del festejo en esa área técnica mexicana, volvió el rigor. Con el chaleco marrón de suplente, Rafael Márquez daba tantas indicaciones como Osorio, sobre todo a sus colegas de posición, Héctor Herrera y Andrés Guardado, tal como Oribe Peralta lo hacía con Chicharito durante una pausa por un coreano tendido en el campo.

Cuando Javier Hernández lloró al cantar el Himno desde el partido ante Alemania, Héctor Moreno lo calmó con un beso en la cabeza. Esta vez, tras su gol, en otra pausa del partido, volvió a acercarse a la banca para escuchar nuevas indicaciones de Oribe, pero en una charla que terminó en un abrazo lleno de cariño.

Todo le salió al Tricolor, pues más allá de que muchos remates coreanos requirieron de rechaces aztecas de último milímetro, o del descuento en la recta final, el cuadro asiático se vio mermado hasta con las amarillas que desde el inicio pedía el capitán Guardado, con los brazos detrás de la espalda en señal de exigencia respetuosa.

Hasta esas amonestaciones terminó festejando la afición, que sueña y sueña con razón el hecho de no esperar resultados ajenos para ver si clasifica a Octavos sino que se ve con todo para avanzar en primero de su Grupo, luego de un partido de altísimas dosis de tensión pero al final también de emociones liberadas.

Así lo hizo Edson Álvarez, quien reclamó una barrida sobre Guillermo Ochoa en la recta final. Como si Ki Sungyueng entendiera el español de Pantitlán, al que hacía referencia el trapo en una de las bardas que rodean la cancha, le gritó: “¡Chinga tu madre, pendejo!”. Y se alivió, descargó energías, todas las que esta Selección carga. Las mismas energías que provoca.

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