Las hijas del León

Leonardo Cuellar es padre de dos hijos, ambos son hombres, nunca pudo tener una niña. A cambio, la vida le dio muchas hijas que la biología le negó. Es difícil decir cuántas son, porque seguro él...

Leonardo Cuellar es padre de dos hijos, ambos son hombres, nunca pudo tener una niña. A cambio, la vida le dio muchas hijas que la biología le negó. Es difícil decir cuántas son, porque seguro él también perdió la cuenta desde hace tiempo. Son de todas las edades, y de muchas partes de la República. Otras emigraron a los Estados Unidos con una beca bajo el brazo y un balón en los pies y así, poder hacer lo que más les gusta: jugar al futbol.

De cariño les dicen "Leonas" y son las jugadoras de la Selección Femenil de México.

Pero, viajemos en el tiempo a los años 70, sólo para ver una imagen de Leonardo Cuéllar futbolista. Ese mediocampista, inconfundible por su melena que con su barba y bigote se hacía una madeja de pelo que le cubría el rostro; el rebelde de Pumas apodado el "león de la metro", que usaba pantalones de mezclilla ajustados y que internacionalmente era catalogado "hippie". ¿Ya lo vió? Quién iba a decir que este hombre iba a entregar su vida y tormento a las mujeres, dedicando la mitad de su carrera profesional a un proyecto en el que sólo él creyó. Olvidado por los patrocinadores, abandonado por los federativos e indiferente para la afición.

Para entrenar y dirigir a un equipo de mujeres hay que conocerlas muy bien, ser valiente y rudo. Porque hay días que amanecemos de malas sin ningún motivo, lloramos por lo menos 3 veces a la semana, tenemos momentos de felicidad explosiva y de profunda tristeza en sólo 24 horas. Porque cada 28 días nos sentimos física y emocionalmente mal, y nuestra personalidad cambia. Ese ha sido el don de Leonardo, lidiar y dirigir el verdadero carácter de estas chicas, ese que rebasa los tiempos reglamentarios de un juego y las 4 horas diarias de prácticas físicas.

Yo guardo a la Selección Femenil en un lugar muy especial de mi corazón. Fue hace 3 años cuando fui a cubrir el Preolímpico Femenil en Costa Rica. La duración del viaje ya estaba predeterminada, recogí los viáticos en la oficina con la cifra justa para la Primera Fase. La logística incluía solamente 3 juegos de México e inmediatamente volver a casa, se daba por hecho que sólo irían a cumplir con CONCACAF.

En su primer partido golearon a Haití, en el segundo a Trinidad y Tobago y en el tercero, como se esperaba, perdieron con Estados Unidos; calificaron a Semifinales como segundas de grupo. El rival era Canadá. Imposible derrotar a las primas de las norteamericanas, pensó todo México. Hasta aquí llegó la cobertura me dijeron y entonces hice mi primer cambio de boleto de avión, para la tarde del día del juego ante Canadá. Horas después estaríamos en el D.F. seguramente.

Pero ese día, Cuéllar cambió la rutina y mandó poner una carpa con mesas en la terraza del hotel para hacer la comida al aire libre. Fue como una despedida de soltera antes de uno de los partidos más importantes en sus vidas, por un lado parecía una reunión de final de curso, aunque desde otra perspectiva aquel grupo guardaba un milagro que nadie sospechaba.

Lo que sigue es historia. México le ganó a Canadá 2-1 y calificó a los Juegos Olímpicos de Atenas ya que llegó a la Final del Preolímpico con Estados Unidos con un boleto asegurado. En aquél torneo la Selección ganó algo que dura más de 90 minutos, el respeto del futbol femenil en todo el mundo; y yo, volví a cambiar la fecha del vuelo por segunda vez. La señorita del mostrador en el aeropuerto nos cobraba todas las multas que podía y nosotros las pagábamos con mucho gusto, porque cada una representaba un partido ganado.

Las "Leonas" tomaron a los mexicanos por sorpresa y se convirtieron en la noticia más importante del país. Los noticieros estelares querían enlaces con las jugadoras y las televisoras buscaban desesperadamente a sus familias para invitarlas a sus estudios.

Mi vida profesional quedó marcada y enriquecida gracias a ellas, porque cuando se ganaron un lugar en los Juegos Olímpicos de Atenas, yo me gané un espacio para comunicar su hazaña y así formar parte de la nueva historia deportiva de México, que en los últimos años han encabezado las mujeres.

Esa tarde cuando derrotaron a Canadá en el Estadio Nacional de San José, yo tuve el enlace en vivo más largo en mi carrera. Porque cuando ellas festejaban su triunfo tuve mi primera intervención en un noticiero nacional. Y mientras ellas viajaban a Atenas, yo también fui por primera vez a unos Juegos Olímpicos.

Muchos de mis mejores momentos en el periodismo se los debo a ellas, a las veintitantas "hermanas", que durante esos días en Costa Rica y en Grecia me abrieron la puerta, me integraron y me hicieron sentir como una hija más de Leonardo Cuéllar y de un equipo muy especial.

Escribo esto antes del partido contra las japonesas en el Nemesio Diez de Toluca. Redacto con los dedos cruzados. La ventaja asiática es muy comprometedora y el Mundial, textualmente parece estar en chino. Pero como mujer, sé de lo que estas chavas son capaces, siempre guardan un milagro en la maleta y aunque cada partido asemeja una nueva despedida, al final termina en fiesta.

Pase lo que pase dentro de unas horas... jamás las olvidaré.

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