Detrás del volante

Cuando tienes por delante un trayecto en taxi tienes dos opciones. La primera es permanecer en silencio y escuchar la música del gusto del conductor, o lo que siempre funciona, entablar una...

Cuando tienes por delante un trayecto en taxi tienes dos opciones. La primera es permanecer en silencio y escuchar la música del gusto del conductor, o lo que siempre funciona, entablar una conversación con el taxista, que como todos saben, sacar a flote el tema futbol siempre es garantía de un viaje muy entretenido.

En el coche de Manuel no había baloncitos colgando del espejo, ni calcomanías brillantes con el nombre de algún equipo, mucho menos una camiseta cubriendo uno de los asientos delanteros. Eso me dio curiosidad.

Hice la clásica pregunta: ¿cómo ve al Atlante?

Bastaron esas palabras para que no se volviera a escuchar ni un segundo de silencio en el coche.

Me contó que él era Puma de corazón, que inclusive parte de sus ganancias estaban destinadas a asistir por lo menos una vez cada dos meses a un juego de los Pumas en la Ciudad de México.

El vivir a tantos kilómetros de la capital del país, y de la zona en la que se concentran la mayoría de los equipos de futbol me hizo pensar en lo complicado que debe de ser el ser aficionado a distancia, que no te deja muchas opciones. O ahorras todo el año para viajar a algún partido de tu equipo, o esperas a que por lo menos una vez en la Temporada tu equipo visite tu ciudad.

Pero Manuel tenía la ventaja de ser de Cancún ya que, cada Pretemporada los Pumas y otros equipos del futbol mexicano pasaban varios días entrenando ahí y eso les daba la posibilidad de poder verlos.

-Eso sí, cuando me entero de que están aquí, cambio de base y me planto afuera de su hotel de concentración porque tarde o temprano me toca llevar a uno en mi taxi-

Me habló del "Cachas" Íñiguez y de su humildad, también del jersey que le había regalado Bernal, de la seriedad y pocas palabras del "Tuca", de lo atractivo de su hija, de la generosa propina de Leandro, y la invitación permanente que había recibido para asistir a los entrenamientos.

A propósito de los Pumas y Cancún, imposible que no saliera Hugo Sánchez a la plática, de quién se expresó casi como un amigo al que le vigilaban su casa durante los meses que estaba fuera, además, me contó que en ocasiones Hugo se unía a las cascaritas que jugaban entre los taxistas. Me costó trabajo imaginarlo, pero me lo dijo con tanta seguridad que le creí.

Hasta ese momento, de mi pregunta acerca del Atlante, no habíamos hablado nada. Inclusive salió a plática la Premier League,  ya que una madrugada, mientras buscaba pasaje en la zona turística, un joven pasado de copas le hizo la parada, y con un inglés rebuscado y complicado de entender, le pidió que lo llevara a su hotel.

En el camino, el joven le preguntó si sabía quién era, a lo que Manuel contestó que no. Entonces, le dio un par de pistas, y le dijo que si adivinaba en qué equipo de futbol jugaba, le regalaría su camiseta.

Por lo visto, la afición de Manuel va mucho más allá de los Pumas, y de la parte inferior de su asiento sacó una bolsa de plástico en la que guardaba como reliquia una camiseta que me presumió como una de las cosas más valiosas que tenía. –Mírela con cuidado…vea de quién es…-.

Si no la hubiera visto físicamente, jamás le habría creído. Era una camiseta azul, la del Chelsea, con el número 10 en el dorso, el apellido Cole, y más abajo, un autógrafo. Era del polémico Joe Cole.

Tras una buena charla atípica de futbol, finalmente llegué a mi destino. Chocamos manos con Manuel, y quedamos en volvernos a encontrar algún día que volviera por la zona.

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