Por comer frutas y verduras

Yo era de sus detractoras. Además de no ser aficionada de los equipos en los que jugaba, me molestaban sus declaraciones, sus burlas, sus reclamos, sus festejos.

Yo era de sus detractoras. Además de no ser aficionada de los equipos en los que jugaba, me molestaban sus declaraciones, sus burlas, sus reclamos, sus festejos, y seguramente más coraje me daba verlo hacer una genialidad y anotar un golazo al equipo al que yo le iba.

Recuerdo que la primera vez que fui a un entrenamiento del América en el año 2002, con ingenuidad comenté que quería entrevistar a Cuauhtémoc y el resto de los reporteros que cubrían la práctica se rieron de mí. Era un época de tensión entre Blanco y el área de deportes de TV Azteca.

El Camarógrafo con el que me tocó trabajar ese día era Nieto, y fue él quién al oído me dijo que si quería captar alguna declaración de Cuauhtémoc había que quitar el cubo al micrófono para que no supiera a qué medio representábamos. Minutos después, precisamente el Jefe de Prensa del equipo me pidió lo mismo.

Esa fue mi bienvenida a Coapa y obviamente, lo odié más.

Las idas al entrenamiento del América eran similares porque por más que no nos quisiéramos acercar a él ni nos parecieran interesantes sus declaraciones, había que tenerlas porque eran nota.

Meses después, cuando presentaron la “Moto Águila” me acerqué a él para conocer su opinión del nuevo artículo promocional del América y me sorprendió con una respuesta amable y sencilla “sí me gusta la moto pero no me puedo comprar una porque imagínate si me caigo, me rompo una pata y ya no puedo jugar futbol” y agregó su clásico “coman frutas y verduras”.

No se por qué, desde ese día me pareció una exageración odiarlo. El tipo tenía gracia, simpleza, era simpático y sin duda, era quien le ponía sabor al desabrido futbol mexicano.

En el 2007 me mandaron a su debut con el Chicago Fire en el Toyota Park. Blanco causó revuelo en esa ciudad, tráfico para llegar al estadio, y miles y miles de mexicanos que se encargaron de abarrotar el estadio. Recuerdo haber entrevistado a un aficionado que se le salían las lágrimas de emoción porque por fin tendría al América y a la Selección Nacional cerca, y que por lo tanto ya no se sentiría tan lejos de México.

Al terminar el partido, todos lo esperábamos en la sala de conferencias de prensa cuando un policía me dijo que ya se había ido. Corrí como nunca por los pasillos del estadio hacia la zona del estacionamiento de los jugadores y ahí lo alcancé. La seguridad no me dejaba pasar con cámara así que tuve que gritarle y pedirle unos minutos de entrevista. Otra vez me sorprendió, exigió mi acceso y lo entrevisté dentro de su coche.

En fin. Hoy reconozco que me da alegría que regrese a la Selección.

Después de ver un sinnúmero de partidos amistosos y oficiales, no cabe duda que lo extrañamos y que hace falta. Porque con todo y sus desplantes, groserías y escándalos, no ha llegado su sucesor en la cancha. Pocos como él se ponen la camiseta y la sudan; pocos como él son temidos en la cancha e imponen respeto para México, y nadie como él se echa a 10 jugadores al lomo y con una genialidad le dan la vuelta a un partido.

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