El dolor por la desmemoria

-¿Cómo se habrá sentido Oswaldo tras la derrota ante Chivas?- Te invito a que lo imagines.

-¿Cómo se habrá sentido Oswaldo tras la derrota ante Chivas?- Te invito a que lo imagines.

Y no me refiero sólo a los tres goles, que para mí son lo de menos. Porque tú recordarás que no era la primera vez que el Guadalajara lo bombardeaba. Recuerdo que en una ocasión, cuando Oswaldo jugaba en el Atlas, el Rebaño le clavó tres, y también tengo muy claro que fue Oswaldo el que estaba en el arco, aquella tarde soleada, cuando Chivas le hizo cinco pepinos al América. Así que esa sensación de vulnerabilidad ante la camiseta rojiblanca no le será tan desconocida. Sin embargo, como te digo, lo más duro de la noche, lo que verdaderamente me impactó, radica en otros detalles, menos tangibles, pero más duraderos.

El domingo en Torreón, Oswaldo fue víctima de la desmemoria, algo que sin duda, lastima más que los goles de Medina y Bravo. Según me entero en el periódico Reforma de este lunes, un grupo de seguidores de Chivas lo fastidió todo el partido. Le lanzaron billetes de papel, lo llamaron "mercenario", le mentaron la madre, lo injuriaron mientras elevaba una plegaria, se burlaron cada vez que recibió un gol, se colgaron de la alambrada para recriminarlo; cuando lo que debieron hacer fue aplaudirle, homenajearlo, despedirlo, recordarlo, en una sola palabra: quererlo.

El mismo fin de semana, en otro lugar, el Pachuca nos dio una lección de sapiencia futbolística. Sin que hubiera una despedida de por medio, la Directiva aprovechó la noche para rendir homenaje a Gabriel Caballero, el único jugador que ha estado presente en la consecución de todos los campeonatos de la institución, los cuatro títulos de liga y la Copa Sudamericana. Además, Gabriel es el máximo goleador en la historia del club en la Primera División. Ha sido un jugador ejemplar, entregado, líder, comprometido, y mundialista mexicano. Algunos, tal vez tú, pensarás que no había necesidad de que la Directiva Tuza nombrara uno de los palcos del estadio con su nombre y lo elevara a la categoría de figura inmortal para la organización, sin embargo, Pachuca entiende, como pocos en el futbol mexicano, que este juego vive, respira y se nutre de detalles como éste, porque aficionados al futbol, tipos como tú y como yo, vivimos de la memoria.

Por eso, tal y como lo hace el Pachuca, nuestra misión radica en defender los recuerdos que nos ligan al juego. Porque, al final, son reminiscencias de nuestra infancia, postales de juventud, evocación de esas tardes que compartimos con los amigos que ya no están. En esas imágenes se entretejen las mejores épocas de mi vida y -tal vez- de la tuya. Nuestro equipo, nuestros ídolos, las tardes de gloria, los viajes al estadio, los días que sufrimos, los campeonatos que "ganamos", los Clásicos que sobrevivimos. Toda esa carga emocional nos sirve para marcar nuestra existencia. Y este ejercicio de remembranza constante representa, tal vez, nuestra última manera de seguir siendo niños, aunque esto sólo ocurra una vez a la semana.

Futbolistas como Oswaldo o Gabriel Caballero están hechos con la pasta con la que se le da vida a los ídolos dentro de la mitología del futbol. Ellos son los héroes de nuestra tribu, de ellos le hablaremos a nuestros hijos, sus historias las repetiremos una y otra vez, porque esos relatos nos reafirman a nosotros mismos. Todos somos parte de la elaboración del mito y todos enhebramos la leyenda.

Por eso, perder la memoria, desconocer a tus héroes, como ocurrió con algunos desdichados, el domingo en Torreón, equivale a vivir en el destierro futbolístico, a convertirte en un extranjero de tus colores, en un nómada emocional. Intento imaginarme como se habrán sentido esos tipos que gritaban detrás de la alambrada. Estoy seguro, que en el fondo, aún ganando, vivir así, víctima del olvido, debe ser terriblemente doloroso.

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