Un añito de ';vacaciones';

Recordaré el 2006 como el año que viví como un nómada del futbol. Nunca en mi vida recorrí tantos kilómetros, tantos países, tantas ciudades, recorriendo los mapas del juego, así que hoy, en la...

Recordaré el 2006 como el año que viví como un nómada del futbol. Nunca en mi vida recorrí tantos kilómetros, tantos países, tantas ciudades, recorriendo los mapas del juego, así que hoy, en la última noche del año, es preciso ejercitar la memoria y hacer un breve recuento de las aventuras.

El 2006 comenzó para mí en Liverpool, Inglaterra. Ahí vivía en un pequeño pero cálido estudio que no tendría más de 30 metros cuadrados. Sin embargo, aquel escondrijo estudiantil ubicado en el corazón de la universidad, se convirtió en mi base de operaciones como corresponsal futbolero. Desde ahí planeaba viajes, diseñaba rutas, analizaba itinerarios de aviones, horarios de trenes, estaciones de transbordo, solicitaba acreditaciones, revisaba resultados, horarios de entrenamientos, todo con la misión de buscar por toda Europa alguna historia con sentido para el futbol mexicano.

Recuerdo que el mes de enero, fue el último de una larga saga, en que seguí a Jared Borgetti y al Bolton Wanderers por toda la isla. A veces en trenes, otras en auto rentado, manejando del lado derecho al estilo inglés, acumulé muchos kilómetros y una decena de estadios, canchas y competencias, en ocasiones la Premier League, en otras The FA Cup o la Copa UEFA. Así conocí las ciudades de Blackburn, Manchester, Wigan, Birmingham, y los barrios londinenses de West Ham, Chelsea, o Charlton, entre muchos otros.

Para marzo, luego de hacer una pausa futbolística por los Juegos Olímpicos de Invierno de Torino, realicé una extenuante gira por las doce sedes de la Copa del Mundo. En exactamente seis días, visité en autobús, los doce escenarios gracias a un tour que organizó el Comité Organizador. Confieso que terminé hastiado de ver estadios vacíos. Sin embargo, pronto llegó abril y con él la emocionante definición de la Champions League.

Así que seguí a Rafael Márquez por Milán durante aquella tensa Semifinal de Liga de Campeones, y confieso que pocas veces me ha estremecido tanto el rugido de un estadio como me sucedió en el Giuseppe Meazza aquella noche en que salió victorioso el Barcelona. Al día siguiente, muy temprano tomé el avión rumbo a Londres, porque el Villarreal del Guille Franco chocaba con el Arsenal del gran Thierry Henry. Aquel fue el último partido de Copa de Europa que vivió la añeja cancha Highbury.

Un par de semanas más tarde regresé a Villarreal, esa pequeña población de la comunidad valenciana que vive de la industria azulejera, para vivir uno de los partidos más emocionantes del año, esta vez detrás de la portería del pantagruélico Jens Lehman, quien aquella noche cerró la puerta a las ilusiones del Villarreal y le atajó un penal de último minuto a Román Riquelme para enviar al Arsenal a la Final. A la mañana siguiente, manejamos 340 kilómetros por toda la costa mediterránea hasta llegar a Barcelona porque la competición demandaba a otro finalista. Aquella noche en el Camp Nou, seguí el juego detrás de la portería de otro gigante, Dida, quien sacó balones increíbles, sin poder evitar la eliminación rossonera y la apoteosis blaugrana.

 Para esos momentos ya vivía en Munich, en un cómodo estudio en Hohenzollernplatz 7, de cara a la Copa del Mundo, hasta que un domingo de mayo tomé un avión con destino a París para reventarme una semanita en la ciudad que escenificaría la 50ma Final por la Copa de Europa. Aquel miércoles nublado, el Stade France recibió al primer mexicano que llegaba a una Final de este calibre, y a pesar de que hinché por el Arsenal toda la noche, todo terminó por ser euforia blaugrana.

Esa noche terminó la temporada europea y dio inicio la cuenta regresiva para la Copa del Mundo. El 12 de junio, tuve la oportunidad de asistir a la inauguración del Mundial en la fantástica Allianz Arena y exclamar un vocablo irrepetible cuando a los cinco minutos de juego, Phillip Lahm prendió una pelota y la metió en el ángulo para consagrar el primer gol del torneo. Días más tarde, nos fuimos en tren a Nuremberg para el México-Irán.

De ahí, a Dortmund para el trepidante Alemania-Polonia que Oliver Neuville resolvió con gol de último minuto. Luego a Hannover para el frustrante México vs. Angola. Posteriormente a Stuttgart para el España vs. Túnez. De vuelta a Munich para el Brasil-Australia. Otra vez al norte, a Gelsenkirchen, para el vibrante México vs. Portugal, y quien sabe cuántos partidos más… todo hasta que un día, a Zidane se le ocurrió pegarle un cabezaso a Materazzi y se acabó la Copa del Mundo.

Una mañana, cuando julio agonizaba y agosto anunciaba sus primeras luces, llegué al aeropuerto de Munich con cinco maletas, pagué unos 300 euros de sobre-equipaje y me embarqué de regreso a México. No hace falta contarles que una semana después, luego de haberme pasado los últimos dos años en Europa, me encontraba en el estadio Víctor Manuel Reyna de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, para narrar un fabuloso Jaguares-Necaxa. El gran viaje por los mapas del futbol había terminado. Adiós a la gran aventura del 2006.

¡Bienvenido al mundo real!

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