Rosique

Faitelson: El corazón de un gigante

Lunes 23 de Abril del 2007



Cuando alguien se va, de inmediato volteamos al pasado, y echamos una mirada al origen. En esta última semana, desde que David Faitelson anunció su salida de TV Azteca, he hecho esto frecuentemente. Créanme que hace mucho dejé de pensar que las cosas y las personas son para siempre, eso sólo ocurre en las películas malas. Tengo muy claro que cualquier aspecto de la vida, al igual que la naturaleza, tiene sus ciclos y hay que respetarlos, escucharlos, dejarlos ser. Por eso, para poder estar en paz, y cerrar simbólicamente esas etapas, hoy hago un pequeño ejercicio de reflexión.

La verdad es que hace mucho que perdí la cuenta de las tardes que pasamos juntos, y me refiero a Faitelson, a mí, a todos los que durante una década o década y media, convivimos diariamente en la redacción de deportes de TV Azteca. Hablo de aquél tiempo en que éramos mucho más jóvenes, más románticos y nos lanzábamos al mundo en busca de héroes y leyendas; de aquellos atardeceres que se nos fueron invocando ídolos, recordando muertos, relatando hazañas, inventando gestas imposibles. Y así por puro placer, después de mucho invocarlos, de defenderlos, de cuestionarlos, de repente, ocurría la fantasía, ese instante sagrado en que uno empieza a creerse que los mitos existen, que al final son ciertos.

Sobre esas quimeras se nos fue a todos nosotros, un pedazo de vida, 10 años cuando menos, y la verdad es que hoy, después de tanto tiempo, quiero que sepas David, que aunque nunca te lo dije, siempre te vi, te vimos, como a un gigante. Porque los gigantes conquistan montañas, superan barreras colosales, van hasta el fin del mundo con tal de encontrar el valle de los héroes, y una vez ahí atrapan milagros y superan sus miedos. Y sé que muchos de nosotros cuando estábamos contigo, donde fuera, cerca o lejos de casa, vimos muchos milagros y nunca tuvimos miedo.

Junto a ti aprendimos a ver al mundo de otro color, de tu color, ese que se compone con la luz que emite una sonrisa, con el destello cristalino de una lágrima, con el fulgor del gesto triunfal, con el crisol de una historia apasionada. Y un día, muchos años después, nos dimos cuenta que junto a ti, tras acompañarte por el mundo, habíamos aprendido, a ir más lejos de lo que hubiéramos imaginado, a conquistar montañas, a conocer el valle de los héroes, a atrapar milagros, a hablar con la verdad, a amar el oficio de contar historias y a vivirlo al máximo.

Pero también, siempre nos dijiste que esta portentosa máquina de sueños, que es el deporte, podría seguir sin nosotros, porque tal vez eso sea lo más maravilloso de este mundo, que este gran espectáculo que nos llena los ojos seguirá generando chispas, y a ti y a mi, a nosotros, estemos donde estemos, al final de todo, siempre nos quedarán los recuerdos para defendernos del olvido.
 
Porque los que contamos historias, como tú y como yo, sabemos que un día, después de muchas tardes, todas habrán de terminar. Esa es su naturaleza inexorable. Es imposible pretender luchar contra esa condición de la vida. No importa que tan poderosos sean los héroes que las encarnan, o las pasiones que los impulsan. Y hoy, David, nos ha tocado a nosotros. Así que vete tranquilo, que al menos yo me quedo igual; con la misión de seguir contando historias, de continuar viendo al mundo de otro color. Vete, o en tu caso, mejor vuela…vuela hasta donde tu gigantesco corazón te lleve. Porque, como siempre, lo has dicho muy bien: "el último color no existe, sólo existen los recuerdos, los amigos, las aventuras, las memorias". En un abrazo, mi amistad.

Opina de esta columna aquí.



Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.
  • IMPRIMIR
  • COMPARTIR
  • ENVIAR
  • Califica:
    •  comentarios

    Identificado como:

    Restan 255 caracteres