Pelé en el agua

Discúlpame que hoy no te hable del gesto agradecido y sincero del "Chaco" Giménez ante la afición de Veracruz, del gol musical de Marcelo Guerrero ante las Chivas, del próximo exilio de...

Discúlpame que hoy no te hable del gesto agradecido y sincero del "Chaco" Giménez ante la afición de Veracruz, del gol musical de Marcelo Guerrero ante las Chivas, del próximo exilio de Cuauhtémoc, del efervescente Clásico Regiomontano, del paso deslumbrante del Pachuca, de la insoportable tensión que vive Santos de cara a las últimas cuatro Jornadas, de los nueve puntos que necesita el Querétaro, de la salvación del San Luis, de la frustración de los Pumas y su octavo empate, del humilde Atlante que ya es sexto general, de las miradas enconadas entre Romano y Mizrahi la noche del sábado en el Jalisco, de la “anemia” del Toluca en la Liga, del escandaloso fracaso que es el Veracruz, y todo aquello sobre el mundo del futbol que te pueda pasar por la cabeza en un día como éste, pero hoy me rindo ante un fenómeno insoslayable.

Porque así como ocurrió con él esta semana, un buen día vimos aparecer a Michael en la duela, y a partir de ese momento el basquetbol dejó ser el mismo. Y otra buena tarde conocimos a Michael (Mi-ja-el), el alemán, con su irrefrenable costumbre de ganar y su abrumador ejemplo de templanza. Otro día, en verano, vimos a Lance gritarle al mundo que estaba vivo, que desafiaría todas las montañas, a todos los rivales, y esa mañana junto a él, nosotros también supimos que el músculo más poderoso de un hombre es el corazón. Y cuando ellos se iban tras marcar para siempre un pedazo del mundo, de repente Tiger, con swing perfecto, abrió la puerta del golf y en ese momento  inició una nueva época, más universal, competitiva y democrática, más justa. Al tiempo que en el tenis, un suizo que siempre está del mismo humor, llegaba para convertirse en el último gran maestro, posiblemente el más brillante de todos, y nosotros así encontramos también a la última maravilla que nos llenaría los ojos: Roger Federer.

Igual nos pasó con Michael, con este Michael, el de Baltimore, el que gobierna el mundo del agua, el chico prodigio que altera la concepción del tiempo, el fenómeno que esta semana nos enseñó que lo impensable puede ser posible, y que lo imposible es sólo una quimera cuando se trata de hombres como ellos, seres que descienden de esa extraña estirpe de seres humanos, semi-dioses del deporte, dotados de dones colosales que aparecen cada 25 o 50 años en el mundo para cambiar los puntos de partida.  

Porque cuando Michael se yergue sobre el banco de salida, la alberca tiembla. Cuando Michael se desliza en el agua se hace realidad aquella vieja fantasía del hombre convertido en pez. Cuando Michael desafía los límites nosotros comprendemos que todavía se puede ir más lejos. Y como te dije al inicio, disculpa que hoy no te hable de futbol, pero hoy me rindo ante un ser extraordinario, ante el Jordan de la natación, el Schumacher de las piscinas, el Federer de la FINA, el Tiger de las profundidades, el Armstrong contra el cronómetro. Porque atletas como él son los que ganarán la eternidad. Porque su nombre, como lo ambicionaba el Aquiles de Homero, será recordado por los siglos de los siglos, y su sangre mantendrá ardiendo esta caldera de pasiones que alimenta al Olimpismo. Por eso, hoy haz de cuenta que te estoy hablando de  Maradona, Zidane, o Ronaldinho y ya está, así de grandioso, es Michael Phelps, es Pelé en el agua.

Opina de esta columna aquí.

Newsletter MT
Suscríbete a nuestro boletín de noticias deportivas.
No te pierdas