Rosique

¿Cuándo aprenderemos?

Lunes 25 de Junio del 2007



Leo Lavalle asegura que una de las cualidades que convierten a Roger Federer en el mejor tenista del mundo es su extraordinaria capacidad para la ecuanimidad. Gane o pierda un punto, un set, un partido o un título, su margen entre la euforia y la depresión es más angosto que el de sus rivales. "Always cool". Ni celebraciones desmedidas ni decepciones desgarradoras. Federer se mantiene siempre en un estado de felicidad media conocido como "Happy Médium", que le permite vivir con las ideas claras y los objetivos definidos. No se deja confundir por las emociones. Su juego y estrategia están por encima de las pasiones que alberga su corazón.  

En México estamos muy lejos de esta condición, y esto refleja nuestra inmadurez competitiva. Si ganamos un partido importante vamos al Ángel de la Independencia, nos sentimos los mejores del mundo; si perdemos hacemos pedazos a los protagonistas y dejamos de creer en el plan que se ha trazado. Esta situación de inestabilidad emocional no nos permite analizar nuestro rendimiento de manera objetiva, por lo que las conclusiones que sacamos suelen ser engañosas.

Para bien o para mal, somos especialistas en trastornar ambientes. El autoanálisis no es nuestra fortaleza, y esto ocurre igual para los aficionados, los periodistas y los competidores. Así que hoy, luego de que Estados Unidos nos ha dado otro mazazo, más nos valdría tomarnos unos minutos para aclarar la mente, reconocer errores, fincar responsabilidades, y sobretodo: aprender. Porque ya estuvo bueno que nuestros vecinos nos pinten la cara cada vez que nos enfrentamos, y nosotros no tengamos la capacidad para corregir lo que estamos haciendo mal.     

Los últimos años Estados Unidos se ha encargado de darnos lecciones de humildad cada vez que nos encontramos en una cancha de futbol. Y humildad no quiere decir sumisión, ni perfil bajo, sino reconocer que el grupo es más importante que sus integrantes; que en el deporte nadie gana con la camiseta o con el prestigio de su nombre; que nadie, dentro de un equipo, tiene derecho a exigir trato especial, si esto afecta el ambiente interno; que nos guste o no, el liderazgo hay que respetarlo porque de lo contrario se desata el caos; que la victoria no es una casualidad, hay que merecerla, sudarla, sangrarla, para ser digno de ella. 

¿Qué diablos vamos a hacer entonces para vencer a Estados Unidos la próxima vez? ¿Alguien está ya trabajando en ello? ¿O nos vamos a esperar de nuevo hasta que los tengamos enfrente? ¿Alguien va a hacer un análisis del éxito de nuestro rival? ¿Quién va a comparar nuestro plan de trabajo con el de ellos? ¿A nadie le genera curiosidad saber cómo se prepara Estados Unidos? ¿Cómo desarrollan la unión grupal? ¿Cuáles son sus códigos de disciplina? ¿Cómo logran sintonizar a todos los jugadores sobre el objetivo? ¿Cómo enfoca sus críticas la prensa? ¿O acaso nuestra arrogancia no nos permite reconocer las virtudes del contrario? ¿Vamos a seguir encerrados en nuestra burbuja? ¿Quién va a extraer la lección de esta derrota? O acaso ¿No aprenderemos nada?

La depresión, las burlas, los ataques, no nos sacarán del problema. Evitemos, todos, la soberbia y optemos por la mesura, tal y como lo hace Roger Federer. Es la única manera de aprender, de los triunfos y las derrotas.

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