Rosique

Aquéllas mañanas mágicas

Lunes 23 de Julio del 2007



Hubo una época feliz, algún verano, en que te levantabas y con gran ilusión encendías la tele para ver una historia llena de héroes y magia. Héroes de carne y hueso. Magia de verdad. No era algo que ocurriera todos los años. Aquello sucedía de vez en cuando y por eso la sensación resultaba inolvidable. Era una Copa del Mundo, en Italia, por ejemplo; una Eurocopa en Alemania o Inglaterra; unos Juegos Olímpicos en Seúl o en Barcelona. Y saltabas de la cama muy temprano, y lejos de hacerlo con desidia, abrías los ojos emocionado porque no había que ir a la escuela ni hacer tareas; y sin importar si era lunes o jueves, aquél día y todos los demás, eran para ti domingo.

Y aún en pijama y con el cabello revuelto, veías a los grandes atletas de aquel tiempo: Gullit, Van Basten, Schillaci, Gascoigne, Maradona…Carl Lewis, Serguei Bubka, Matt Biondi, Vitali Scherbo... Y escuchabas lo que ocurría en un país al que jamás habías ido y en donde el sol salía mucho antes que en el nuestro. Las voces que te contaban aquellas historias nombraban lugares lejanos como Palermo y Florencia, Badalona, Newcastle o Sheffield. Se te grababa el nombre de arenas y estadios que parecían de otro mundo como el Palau Saint Jordi, el Estadio Luiggi Ferraris de Genova, el Villa Park, Wembley, el Olímpico de Roma...El fuego olímpico siempre estaba encendido y una canción, una tonada, "Amigos para Siempre", "Un estate Italiana", se te metía para siempre en el cuerpo como himno perenne de aquél verano. 

Te cubrías con una cobija, ponías galletas en un plato, abrías tu álbum de cromos o tu guía del evento, y comparabas a esos guerreros que aparecían en las fotos, con los que veías en la pantalla. Memorizabas los nombres, los repetías con tus amigos por las tardes cuando jugabas un partidillo en el parque de tu casa, o reseñabas a tu manera, todo aquello que tus ojos habían visto por la mañana. Era una época feliz y una manera mágica de recordar dónde estabas y qué hacías cada verano. Era un tiempo en que seguías creyendo en los héroes de carne y hueso y en la magia de verdad. 

¿Qué ha sido de aquellos veranos maravillosos? ¿Dónde quedaron?
 
Pues nada, que creciste, te pusiste serio, te dedicaste a las cosas "importantes", y te olvidaste que las grandes historias siguen ahí, esperando oídos vírgenes, para ser escuchadas; que los superhombres continúan corriendo, compitiendo, rodando con sus bicicletas en el camino; alimentando sus ambiciones con un aplauso, con una mirada de asombro, con la sonrisa de un niño, o la ilusión de un loco.  

Y eso precisamente, es lo que hago yo en estos días de verano. Me levanto emocionado, porque aunque tenga trabajo y cosas "importantes" que hacer, enciendo la televisión y me encuentro cada mañana, en una tierra hermosa y lejana, con campos de girasoles y montañas fascinantes, a un batallón de titanes con trajes multicolores que están dispuestos a sufrir lo indecible sobre una bicicleta y a soportar lo inimaginable con tal de tatuar su nombre en la historia.  

Cada año, ansiosamente, espero el verano para que comience el Tour de Francia. No importa dónde me encuentre, ni el lugar en el que esté; ya sea en una playa, en la ciudad, de vacaciones o en el trabajo, en mi país o en la tierra de alguien más, en una carretera francesa o del otro lado del mundo; ahí estaré mientras pueda, pegado durante la mañana al televisor de mi casa o a la pantalla de un bar de playa, escuchando atento por Internet, leyendo las crónicas de "El País" y "L´Equipe" por las tardes; soñando por las noches con escaladas imposibles, fugas gloriosas y sprints electrizantes. Ahí estaré mientras pueda, porque los veranos todavía pueden ser maravillosos, porque mis despertares aun pueden estar llenos de ilusión; porque todo esto, igual que ayer, igual que hace 20 años, cuando ocurrió por primera vez, es sólo para mis ojos.

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