Por una nueva revolución

Es la noche del 27 de Junio del 2001, llueve con fuerza en la Ciudad de México. Por primera vez un club mexicano disputa la Final de la Copa Libertadores y por la televisión nos llegan imágenes...

Es la noche del 27 de Junio del 2001, llueve con fuerza en la Ciudad de México. Por primera vez un club mexicano disputa la Final de la Copa Libertadores y por la televisión nos llegan imágenes coloreadas de heroísmo. Nunca hemos vivido una ilusión de esta magnitud, y Cruz Azul la ha construido con victorias inolvidables y un temperamento homérico en las canchas sudamericanas.

El escenario, la historia, la presión, la experiencia, todas las sensaciones son nuevas para nosotros. La gran leyenda del trofeo continental incluye por fin a México. La Bombonera de Boca Juniors es una gigantesca garganta de la que brotan cantos y bengalas. Una espesa nube de humo se cierne sobre la portería sur en donde Oscar Córdoba y el "Conejo" Pérez se dan un último abrazo antes de enfrentarse en la serie de penaltis. ¿Dónde estabas aquella noche? ¿dónde viste ese partido? O acaso ¿sólo lo escuchaste? ¿lo recuerdas? Quiero pensar que sí.

Porque esa emoción seguro que se quedó encapsulada en tu memoria, exactamente igual que en la mía. Y es que la Emoción (sí, con mayúscula al inicio) es la única razón por la que tú y yo somos parte de este juego. Si estuviéramos aquí sólo para ganar, hace tiempo que nos hubiéramos frustrado. ¿Cuántas veces puedes celebrar un título de tu equipo a los largo de tu vida? ¿tres? ¿cuatro? ¿cinco veces?, y eso si eres afortunado. Suenan muy pocas para tantos años. ¿Cuántos triunfos puedes gozar en una temporada? ¿diez? ¿quince? ¿cuántas derrotas habrás de soportar? ¿cuántos años eres capaz de esperar antes de ganar una Final?

Por eso te digo que estamos aquí porque en el fondo, lo único que verdaderamente queremos es emocionarnos, para bien o para mal, disfrutar y sufrir, sentirnos vivos, tener una ilusión (aunque ésta muchas veces se incumpla) no importa; porque apenas muere, la esperanza renace al día siguiente.

Esa noche lluviosa de Junio, fue (con seguridad) la última ocasión en que Cruz Azul me emocionó. Vi aquel partido en la redacción de TV Azteca, en una televisión pequeñita, de doce pulgadas, abrazado a mis compañeros durante la serie de penaltis, como si eso pudiera ayudar en algo al equipo. Y esa exaltación no tiene absolutamente nada que ver con nuestra filiación futbolística.

Yo soy de Chivas, y lo seré siempre; otros en esa redacción son de Toluca, de Pumas, de América, pero aquella inmensa novedad de llegar a una Final de Copa Libertadores y tener a Boca al borde de la derrota en su mítica cancha, resultaba irresistible para todo el futbol mexicano. El resto de la historia lo conocen todos. No es necesario abundar en el drama que protagonizaron el chileno Pablo Galdames, el brasileño Julio César Pinheiro y José Alberto Hernández, tras fallar sus ejecuciones. Hasta ahí llegó el sueño libertador y en un instante pasamos del paroxismo al desconsuelo.

Sin embargo, aquel Cruz Azul alcanzó el grado de inolvidable porque fue capaz de emocionarnos. Era un grupo hambriento, con la sangre bien caliente; plagado de jóvenes inconscientes de lo que estaban haciendo; tipos que de un día para el otro se encontraron a sí mismos en la Primera División, luego de haber estado olvidados en el circuito de ascenso, y que bajo el mando de José Luis Trejo vivieron la aventura de sus vidas, un episodio que jamás regresará.

Y les cuento esto porque luego de seis años de depresión, pienso que Cruz Azul necesita una nueva revolución como la que protagonizaron Ángeles, Gutiérrez, Campos, Hernández, Brown... Y no es que fueran futbolistas de otro mundo ni nada de eso, de hecho jamás volvieron a jugar de esa manera, simplemente refrescaron un plantel que estaba en crisis y llegaron a Primera División sin lastres, vicios, traumas o complejos. Jugaron con ilusión y sin obligación. Se esforzaron para probarse a sí mismos que eran valiosos, que pertenecían al Máximo Circuito, que podían competir con el que fuera, y si no, al menos estaban dispuestos a intentarlo.

Trejo no fue el único valiente que aprovechó el ardor de esos futbolistas, también lo hizo Javier Aguirre, quien en el momento más crítico de la Eliminatoria Mundialista, los debutó con éxito en Selección Nacional. Aquello no era necesariamente talento, ni tampoco ningún descubrimiento extraordinario, constituyó para Cruz Azul la recuperación de lo básico que nos impulsa a jugar y a ganar: pasión, sueños, sed, deseo, ansia, fuego interior, ambición. Luego del trauma que supuso la descalificación de la temporada pasada, el golpe para la afición, y el daño a la credibilidad de la organización, Cruz Azul necesita renacer, olvidar, comenzar de nuevo; descargarse de los errores del pasado, generar un nuevo liderazgo, replantear su misión, recuperar sus rivalidades, engendrar alguna nueva, liberarse de la obligación de ganar el campeonato, volver a disfrutar jugando al futbol, tal y como lo hacían aquellos jóvenes que junto a Palencia, Cardozo, Pérez, Almaguer, etcétera, llevaron a Cruz Azul a hacer inolvidable aquella noche húmeda del 27 de Junio del 2001. Te lo vuelvo a preguntar, ¿Dónde viste aquella Final? ¿Lo recuerdas?Opina de esta columna aquí.

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