All I want for Christmas is…

¡Umm! ¡Miren que esto de la Navidad ha empezado bien para mí! El Real Madrid le ha dado una leccioncita al Barcelona en pleno Camp Nou como para que los blaugranas tengan algo que recordar esta...

¡Umm! ¡Miren que esto de la Navidad ha empezado bien para mí! El Real Madrid le ha dado una leccioncita al Barcelona en pleno Camp Nou como para que los blaugranas tengan algo que recordar esta noche buena: ¡el gol de la "Bestia"! ¡Ho, Ho, Ho! ¡Que contento estará Hugo! Lo siento por Rafa y por Giovanni (miento), pero… chicos, ustedes lo saben, hay cosas no negociables para el corazón, y mi madridismo, esa pasión que nació en mí cuando era un niño y me levantaba los domingos a ver muy temprano los partidos de Hugo con el Real Madrid, es una de las pocas pasiones que se mantienen incorruptas en mi espíritu luego de recorrer durante tantos años los empedrados caminos del futbol.

Pero ustedes también deben imaginárselo, no todo ha sido tan dulce ni tan navideño para mí como aficionado merengue en los últimos tiempos. En ocasiones, trabajar en la industria del deporte te puede colocar en situaciones verdaderamente insoportables para el corazón. Y la peor de todas fue la del 18 de Mayo del 2006. Si tú, amigo lector, eres un verdadero hincha blaugrana, debes saber de lo que estoy hablando, porque aquella fue una de las noches más felices de tu vida.

Aquel día lluvioso en París, yo era un privilegiado, me encontraba en la cancha del Estadio de Saint Dennis, justo detrás de la portería de Víctor Valdés, cubriendo la Final de la Champions League entre Barcelona y Arsenal. Había tipos en el estadio que habían pagado 1000 o 1500 euros por un boleto, yo estaba ahí gratis, con una acreditación que me permitía estar cerca de los futbolistas. Mi misión era contarle a mi país, la gran historia del primer mexicano que levantaría la Copa de Europa: Rafael Márquez. Sin embargo, el corazón no escucha razones, y aunque yo sabía que México era en ese momento una sucursal blaugrana, yo deseaba que ganara el Arsenal. No podía soportar la idea de que el barcelonismo se encaramara en la cima del continente. Yo, como madridista, sabía exactamente de lo que implicaba. Además, Dani, el camarógrafo que me acompañaba, es un catalán de pura cepa que ya me tenía harto con tanta euforia y tampoco estaba dispuesto a aguantarlo toda la noche con sus tonadillas del Barça.

La verdad es que lo pasé bastante mal. Primero la expulsión al portero de los Gunners, Jens Lehmann. Después el saltó de alegría con el gol de Sol Cambpell, y posteriormente, a sufrir, a sufrir todo el partido con diez jugadores y aguantando los embates de Ronaldinho, Deco, Etoo y compañía. Tú y yo conocemos como terminó aquella historia. El Barcelona metió dos goles en los últimos veinte minutos; yo tuve que hacer como que estaba muy contento cuando entrevistaba a Rafa Márquez en la zona mixta; y tuve que tragarme toda esa celebración. Terrible espectáculo. Aggrrhh!

Hoy, año y medio después, rescato la experiencia de haber sido testigo de uno de los momentos cumbre en la historia del futbol mexicano. Y saco todo esto porque eventos de ese calibre, llenos de magia e intensidad, son mi deseo para mí y para ti esta Navidad. 

He ido a cuatro Juegos Olímpicos y tres Copas del Mundo. He relatado un centenar de historias maravillosas. He visto las hazañas de los atletas más grandes de mi época. Ví a Ian Thorpe vencer a los estadounidenses en la piscina de Sydney. Me colmé de emoción cuando corrí como un desaforado, igual que otros mil aficionados, junto a Lance Armstrong en el ascenso al Alp de Huez. Ví al gran Michael Phelps entrenando en Baltimore y después narré para mi país cada una de las ocho medallas olímpicas que ganó en Atenas.

Estuve ahí, en la helada Torino, la noche que iniciaron los Juegos de Invierno, la última vez que Luciano Pavarotti cantó el "Nessum Dorma". Ví también la cálida bahía de Sydney iluminarse de melancolía cuando Australia despidió los mejores Juegos de la historia. Conocí la perfección en la Palavela de Torino gracias a un genio que se expresa sobre patines de hielo llamado Yevgeny Plushenko. Escuché el canto de la esperanza, que es lo último que queda cuando todo parece perdido, aquel poderoso "You´ll never walk alone" entonado por 30 mil hinchas ingleses, que cambió para siempre la historia del Liverpool, aquella noche milagrosa en Estambul cuando le ganaron la Final imposible al Milán. Ví a Ana correr en Atenas; fui testigo del aguante de Oscar Salazar para ganar la medalla en el TKD; ví a Belem pedalear con furia inconcebible para alcanzar la plata…

Y después de ver todo esto y quién sabe cuántas cosas más, lo único que deseo esta navidad es seguir teniendo la posibilidad de vivir momentos llenos de magia, goles hermosos y victorias imposibles. Me lo deseo a mí, pero sobre todo a ti. Ojalá que tus ojos se llenen de maravillas este 2008. No necesitas ser periodista para vivirlo, basta con que seas aventurero. Feliz Navidad.

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