Un club con dos patrias

Si tú nunca pudiste verlo, yo te lo contaré. Hubo un tiempo, hace muchos años, en que el Atlante arrastraba multitudes. Existió una época en que el Potro de Hierro protagonizaba clásicos y vivía...

Si tú nunca pudiste verlo, yo te lo contaré. Hubo un tiempo, hace muchos años, en que el Atlante arrastraba multitudes. Existió una época en que el Potro de Hierro protagonizaba clásicos y vivía apasionadamente sus rivalidades.

Sí, sé que eso ocurrió hace varias décadas, cuando el futbol mexicano comenzaba apenas a ser profesional, pero nadie puede borrar la historia, y al final, se trata del mismo club, el mismo Atlante que ha descendido y ha recuperado la categoría, la misma camiseta que hizo grande Horacio Casarín y que portaron los Campeones del 93.

Muchas cosas han cambiado desde entonces: los dueños, el estadio, su afición, su sede, pero el club, con todas sus historias añejas y románticas, sus títulos y finales, es exactamente el mismo que se fundó en 1916. Pocos, muy pocos clubes en México pueden presumir esa autenticidad.

El futbol ha cambiado mucho desde entonces, hoy es una industria multimillonaria en todo el mundo, pero lo más maravilloso de este juego, aquello por lo que tú y yo lo seguimos con pasión, continúan siendo cuestiones emocionales, intangibles, como la tradición, la historia, los recuerdos, los ritos, las leyendas.

Y el Atlante, en su momento, podrá haberlo perdido casi todo: su numerosa afición, su arraigo en la capital, su poder de convocatoria, sus rivalidades, su viejo estadio azulgrana, pero lo que nunca ha perdido es su esencia de club de barrio, de equipo para el "pueblo", su identidad popular, su representación capitalina.

Por eso hoy que el azul y el grana, los colores de siempre, abanderan el futbol mexicano, aquellos que entendemos cuáles son los resortes que impulsan este juego no podemos más que compartir la alegría de los atlantistas.

Este campeonato es lo mejor que podía pasarle a nuestra liga. Ahora el Atlante, ese equipo errante, extraviado y famélico, no sólo está recuperado, sino que tiene una nueva casa, alegre y entregada, en Cancún, una ciudad que por si misma despierta simpatía y admiración, incluso para los que no nacimos ahí.

Al mismo tiempo, los Potros de Hierro le han dado a su rancia afición en el Distrito Federal, una esperanza para seguir siendo fieles a la distancia. Porque vaya que eso es posible. Se puede amar a un equipo desde la lejanía, se puede querer a un club estando en otra parte, como tantos mexicanos lo hacen desde los Estados Unidos, o como miles de americanistas, universitarios, cruzazulinos o chivas lo hacen en todo el país.

Hoy el Atlante, no sólo tiene merecidamente el campeonato, sino es el único club del futbol mexicano que puede presumir de tener dos patrias: una pequeña y fiel en la capital, otra deseosa y creciente en la Riviera Maya.

Anoche mientras Cancún se desbordaba de alegría, en el Distrito Federal, el viejo pueblo atlantista, los azulgranas de toda la vida, daban la "vuelta olímpica" en el Angel de la Independencia.  No recuerdo un fenómeno igual en el país. Hoy la liga ha recuperado el Atlantismo. ¡Que gran noticia!Opina de esta columna aquí.

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