Vivir para siempre

"La grandeza de la eternidad obsesiona a los hombres. Y así nos preguntamos: ¿Reverberarán nuestras acciones a través de los siglos? ¿Oirá otra gente nuestros nombres mucho después de que muramos?...

"La grandeza de la eternidad obsesiona a los hombres. Y así nos preguntamos: ¿Reverberarán nuestras acciones a través de los siglos? ¿Oirá otra gente nuestros nombres mucho después de que muramos? ¿Se preguntarán quiénes éramos? ¿Con cuánto valor peleábamos? ¿Con qué ferocidad amamos?".Homero, "La Ilíada".

"Si vas a Troya, la gloria será tuya. Escribirán historias sobre tus victorias durante miles de años. El mundo recordará tu nombre", le dijo Tetis a su hijo Aquiles, según reza La Ilíada de Homero. Y justo así ocurrió.   

Por eso, aquella noche caliente de Agosto, no en Troya pero sí en la mítica Atenas, nos pediste, a todos los que estábamos en el Estadio Olímpico, que guardáramos silencio. Nos llamaste a que abriéramos bien los ojos, que afináramos los sentidos, que nos concentráramos, que entregáramos nuestra voluntad tanto como tú estabas a punto de hacerlo.   

Y cuando se escuchó el disparo y te lanzaste por la gloria, todo cambió, nada volvió a ser igual. Corriste. Corriste más allá de tus músculos, más allá de tu aliento, más allá de la razón. Corriste porque sabías que confiábamos en ti. Corriste porque sabías que nosotros, tu pueblo, lo necesitábamos más que nadie. Corriste para consumar una misión, para enseñarnos que era posible ganar, que era viable rozar la inmortalidad. Corriste… aceleraste… disparaste tu espíritu, y desde el corazón, nosotros también lo hacíamos contigo. Y metro a metro, ahí, en el estadio, yo te pedía, te gritaba: Resiste Ana.    

Tolera el dolor. Soporta el ácido láctico que borbotea entre tus músculos. Aguanta ese fuego invisible que te quema por dentro. Es la última recta, Ana. Es el último hectómetro. Aguanta, porque nosotros también soportamos contigo.   

Y aquel día, que jamás olvidaré, toda tu gente sabíamos exactamente dónde nos encontrábamos, viviendo de todas las maneras posibles, esa gran historia, tu fantástica leyenda que nunca habremos de olvidar.  

Hoy, Ana, nos dices, me dices, que te vas; y nosotros, los que seguimos tu ejemplo, los que desde hace mucho esperábamos que apareciera alguien como tú para inspirarnos, nos quedamos con un hueco en el alma, y nos faltan razones para entender todo esto; nos falta estómago para aguantar el coraje, para tolerar la frustración.   

Hoy escucho que te vas, y los que te seguimos, los que fuimos iluminados por tu velocidad, nos quedamos enrabietados y furiosos, tristes, porque tú y yo sabemos, Ana, que debió ser de otra manera. Tú y yo sabemos que te querías despedir en Beijing, que querías decir adiós en plena pista dando la vuelta olímpica como le corresponde a una Campeona.   

Pero aunque te vayas, yo te digo, Ana, que lo hiciste. Lo lograste. Porque soñabas con ser la más rápida, la mejor. Fantaseabas con bañarte de gloria olímpica, con ser inmortal. Idealizabas con que siempre recordáramos tu nombre, con que nadie olvidara tus victorias. Y lo conseguiste Ana, porque soñabas, siempre soñabas con llegar a donde ninguno de nosotros había llegado, y mirar el mundo desde ese lugar.   

Hoy te vas, y me quedo sin poder llenarme los ojos con tus maravillas, porque nunca olvidaré que me llevaste por el mundo, corriendo, ganando, viviendo el sueño imposible; haciéndome sentir que podía alcanzar lo que soñara.   

Y te prometo Ana, que un día, muchos años después, contaré tu prodigiosa historia, y diré que hubo un tiempo, que existió una época, en que tú y yo éramos los mejores, en que tú y yo éramos invencibles. Y ese día, Ana, cuando me falten fuerzas o sienta dolor, recordaré tu figura poderosa y tu mirada soberana, relataré a mis hijos tus victorias, y el mundo, nosotros, tu pueblo, evocaremos tu nombre. Porque he decirte, Ana, que pase lo que pase: Ya lo hiciste, ya lo hiciste.    

"Porque los hombres se elevan y caen como el trigo en invierno, pero estos nombres nunca morirán". Como dijo Ulises, en La Ilíada: "¡Que digan que caminé con gigantes! ¡Que digan que viví en el tiempo de Aquiles, el de los pies alados! ¡Que digan viví en la época de Héctor, domador de caballos!".

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