El susurro de los héroes

"Pueden llamarme Mr. Keating o, si son más atrevidos, pueden llamarme "Oh Captain, my Captain", espeta Robin Williams a sus alumnos el primer día de clases, en el prestigiado colegio Helton. Acto...

"Pueden llamarme Mr. Keating o, si son más atrevidos, pueden llamarme "Oh Captain, my Captain", espeta Robin Williams a sus alumnos el primer día de clases, en el prestigiado colegio Helton. Acto seguido, los saca del salón y los lleva a la sala de trofeos de la escuela donde abundan viejas fotografías de equipos campeones, medallas y copas de la victoria. "Quiero que se acerquen a esta vitrina y se fijen en los rostros del pasado", les dice ese inolvidable Profesor de Literatura. "Ustedes han caminado por aquí muchas veces, pero estoy seguro que nunca han mirado con detenimiento estas fotografías. Acérquense bien. Estos chicos no son muy diferentes a ustedes ¿O si? Mismos cortes de cabello; eran jóvenes llenos de hormonas, como ustedes. Invencibles, como se sienten ustedes. Ellos creían que estaban destinados para grandes empresas, igual que ustedes. Sus ojos también estaban llenos de esperanza. Hoy ellos son comida para los gusanos, pero si se acercan lo suficiente y escuchan con atención, podrán percibir la herencia que les han dejado… ¿Los escuchan? Carpe… Carpe Diem… Aprovechen el día muchachos… Hagan de su vida algo extraordinario…" susurra Mr. Keating al oído de sus alumnos, completando así una poética escena que resume el mensaje de la memorable película La Sociedad de los Poetas Muertos. 

Pero en esta ocasión no me quedaré reflexionando sobre el valioso significado de la cinta, sino que te preguntaré a ti si has escuchado el legado que guarda la historia de tu club de futbol; los jugadores que lo hicieron grande, los jóvenes que hace treinta o cuarenta años ganaron los campeonatos que hoy adornan el escudo del equipo; los hombres que forjaron la leyenda de tu camiseta. ¿Qué tanto conoces los mitos de tu club? ¿Sus héroes antiguos? ¿Tus rivalidades? ¿Cuántas veces te has sentado a lado de algún viejo aficionado a escuchar historias añejas, episodios que ocurrieron en ese mismo estadio al que vas cada semana? ¿De dónde vienen tus colores? ¿Quiénes fundaron tu club? ¿Qué buscaban? ¿Cómo eran los aficionados que lo apoyaban antes de que llegaras tú? ¿Cómo serán los que vengan después de ti? ¿Qué historia te toca transmitir?

A nuestro juego le faltan monumentos, estatuas, fotografías, museos, himnos, libros, lugares de culto donde podamos ir a escuchar aquello que nos susurran los muchachos del pasado, esos chicos que igual que tú y yo, iban cada domingo al estadio en busca de un pequeño milagro. Quisiera ver más homenajes, más números retirados, más fotografías gloriosas, más orgullo, más cantos, más rituales, más tradición, más honor, porque de esa sustancia intangible se tejen los sueños y se alimenta nuestra pasión.  

Por eso, nunca olvidaré el día que visité el Upton Park de Londres, la casa del rancio West Ham United. Aquella tarde de sábado había hecho el viaje siguiendo a Jared Borgetti que disputaba sus primeros partidos con el Bolton Wanderers. Lo qué más me impresionó del lugar no fueron el ambiente de barrio bravo ni las historias sobre la InterCity Firm, una de las bandas de hooligans más famosas y temidas de Inglaterra, sino una excepcional estatua que se encuentra en una pequeña glorieta, en una de las esquinas del estadio. Se trata de la reproducción en bronce de una célebre fotografía tomada en Wembley en 1966, el glorioso día que los ingleses ganaron la Copa del Mundo. El monumento revive el instante en el que Bobby Moore, el soberbio Capitán de la Selección Inglesa y símbolo del West Ham United, es levantado en hombros por sus compañeros: Martin Peters y Geoff Hurst, también figuras de los "Hammers", así como por Ray Wilson, quien jugaba para el Everton. Es, posiblemente, la imagen más célebre del futbol inglés: Bobby Moore, en todo lo alto, con la Copa Jules Rimet en la mano. Y la gente del West Ham United, un club viejo, formado por y para la clase trabajadora de Londres, presumirá, eternamente, a esa tripleta de futbolistas que alcanzaron el máximo honor para Inglaterra.

Aquel frío día en el barrio de West Ham, siguiendo el consejo de Mr. Keating, o mejor dicho de "Oh Captain, my Captain", me acerqué lo más que pude a la estatua, puse mi mano sobre el bronce helado, cerré los ojos, escuché con el corazón, y –pequeño milagro- pude percibir el legado de esos chicos que una tarde de julio conquistaron el mundo. Curiosamente, me decían lo mismo: "Seize the day lads... aprovechen el día muchachos… hagan de su vida algo inolvidable, algo extraordinario".

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