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Solteros vs. casadosLunes 14 de Abril del 2008
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¡Vaya paseillo! Parecía un partido de solteros contra casados. Unos lucían desbordados, confundidos, superados, mientras del otro lado, un puñado de chamacos rojiblancos corrían, tocaban, engañaban, y se daban el festín de sus vidas. Por momentos, sobre todo al inicio del encuentro, tuve sensaciones similares a las de aquella noche en Carson, California, cuando México llegaba por oleadas, una y otra vez, al área de la Selección de Haití; sin embargo, en esta ocasión, el final fue totalmente diferente, el polo opuesto de aquella maldita emoción.
Contrario a lo que me había imaginado la semana pasada, anoche no ví la camiseta retro de Guillermo Ochoa, no hubo gol tempranero del América, no hubo fallo arbitral contra las Chivas. El Ave salió espantada al Estadio Jalisco desde el primer minuto. Nunca creyó en su mística. Su defensa entró en pánico. La mitad de sus futbolistas naufragaron ante el alto voltaje del Rebaño. Y aquello terminó por ser un soberano baile.
Me gustaría pensar que todo lo que digo es producto de mi exageración Chiva, pero esta vez no es así. Lo que cuento es la pura realidad. Y no me vengan con que el América apretó al final, ni nada de eso. Si Chivas ha querido, ayer le hace seis goles al Ave, pero la saña no está en la genética del Guadalajara. Lejos de pretender humillar al América con una goleada de escándalo, Chivas se concentró, después del tres a cero, en conseguir que Omar Bravo marcara su gol 100, y la verdad es que el Rebaño se relajó, disminuyó las revoluciones, la tensión de sus líneas y se dedicó a disfrutar del evento. Tardaré muchos años en olvidar los primeros 45 minutos, ese lapso en el que la pelota cruzaba de lado a lado el área de las Águilas, los olés incesantes, los remates luminosos, y el juego casi musical del Guadalajara.
Además vi el partido de ayer en un lugar de Guadalajara que me produjo sentimientos encontrados, y del cual extraigo una pequeña historia, una experiencia personal, un rostro, un gesto, que se me quedaron tan fijos en la memoria como los goles de Santana y del Gaucho.
Don José miraba el partido con tremenda angustia recargado contra la pared de su fonda argentina en Guadalajara. Su mirada languidecía frente a la televisión. Con las manos atrás y los ojos tristes, veía cómo se derrumbaba, se caía a pedazos otra vez, el equipo de su hijo. En su restaurante los comensales vibraban con cada acelerón de las Chivas. Se escuchaban los olés que emitía el Estadio Jalisco, y a él, que es el dueño, no le quedaba más remedio que apechugar. Es un hombre que ha visto futbol toda su vida, muy de cerca, tan cerca como lo vive alguien que tiene un hijo futbolista y que ha dejado su país para seguirlo.
Como cualquier padre orgulloso, ha colgado en las paredes de su restaurante, en avenida Mariano Otero, fotografías y recortes de periódico con la imagen de su muchacho. En ellas se ve a Rubén Omar con el cabello un poco más largo cuando jugaba para el Atlante; con la camiseta "diez" de Cruz Azul; y en el puerto de Veracruz defendiendo a los Tiburones. En otras aparece ya como entrenador, con el blazer negro de siempre; cuando salvó al Celaya; cuando fue finalista con Monarcas; cuando dirigió a Cruz Azul, al Atlas...
Pero esta vez, Don José sabía de antemano que con el América, ese equipo partido por la mitad, roto, agonizante, hay muy poco qué hacer. No es una cuestión de fe, sino de realismo puro. Conforme avanzaban los minutos del Clásico más disparejo de la historia, los pocos americanistas que hay en el lugar miraban con resignación la televisión y rogaban por dentro que esa película de terror acabara pronto. Y es que América vive esta temporada al borde del ridículo. Uno pensaría que ya lo ha visto todo, pero no, con este América, todavía queda espacio para lo inconcebible, para lo innombrable.
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Alberto Ruiz
Carlos 'Chicken' Muñoz
Alfredo Domínguez Muro