La gran sonrisa de Beijing

Algo muy grande va ocurrir, algo gigantesco está pasando, lo percibo, lo sentimos todos los que estamos aquí. Ha llegado el gran momento, el día del triple "8" se acerca. Suena profético, tal vez...

Algo muy grande va ocurrir, algo gigantesco está pasando, lo percibo, lo sentimos todos los que estamos aquí. Ha llegado el gran momento, el día del triple "8" se acerca. Suena profético, tal vez lo sea. Es como si un nuevo mundo estuviera a punto de abrirse de capa ante nosotros, y luego de muchos siglos de sigilo, se nos fuera a revelar un gran misterio: la nueva fuerza mundial esta aquí, y el siglo 21 se perfila para ser de China. 

Cinco mil años después, los Juegos Olímpicos, el único gran movimiento capaz de unir a toda la humanidad, ha sido capaz de abrir el cerrojo milenario detrás del cual se protegió Beijing. Por primera vez en su historia la capital china, ésa que durante tantas décadas fue un caparazón rojo que despertaba miedo y sospechas a las grandes potencias, está tan expuesta al mundo. Nunca antes Beijing se había sometido a tan tremendo escrutinio, tantos periodistas, tantas cámaras, tantas personalidades, tanta presión.

Sin embargo, más allá del pánico escénico que supone presentarse ante el planeta, los chinos nos han recibido con una gigantesca sonrisa, con una inquebrantable disposición, con una entrega descomunal; y hablo de la gente común, de los jóvenes chinos con los que me cruzo en las calles cuando camino hacia el International Broadcasting Center, con los chicos que me sirven el desayuno en el hotel, con la señora que me vende fruta en la tienda de la esquina, con los ancianos que practican Tai Chi en el parque en el que he estado corriendo las últimas mañanas; porque son ellos, al final, los que verdaderamente cuentan, los que dibujan el verdadero paisaje de esta entusiasta nación.    

Beijing es desbordante, desmesurada, asombrosa. Cualquier expectativa, cualquier estereotipo que uno se forme en la imaginación queda rebasado una vez que se aterriza en la capital china. Y es que Beijing no se parece a nada que uno haya visto antes. La modernidad de esta urbe es tan abrumadora como sus incontables rascacielos; se trata de una ciudad vertical, una megalópolis que todos los días le gana terreno a las nubes, y que a la vez conserva las huellas del gran imperio que alguna vez fue: su laberíntica Ciudad Prohibida, su majestuoso Templo del Cielo, sus viejos mercados de comida, las callejuelas que conectan sus Hutongs.

Toda la cultura china, sus símbolos, sus elementos, su búsqueda permanente por la armonía, quedan hoy concentrados en el fabuloso Parque Olímpico, un espacio extraordinario marcado por el admirable Estadio Nido de Pájaro, el deslumbrante Centro Acuático Nacional, mejor conocido como el "Cubo de Agua"; la Ling Long Pagoda, una pantagruélica torre de metal que gobierna todo el complejo y donde se han instalado seis descomunales estudios de televisión, así como un lago artificial con forma de dragón que llega hasta la Villa Olímpica.   

Por eso, hoy me siento un privilegiado de poder ser testigo presencial de este fabuloso acontecimiento para la humanidad. Estos Juegos Olímpicos marcan el renacimiento de una cultura que preparó su reencuentro con el mundo durante muchos años y que hoy desea mostrarse orgullosa por el trabajo realizado. China quiere anunciarle al planeta que se ha liberado de sus complejos históricos, que está lista para marcar el rumbo del siglo 21 y que ha abrazado el deporte como bandera para mandar su poderoso mensaje.  Como les dije al inicio: ¡Prepárense porque algo muy grande va a ocurrir! Sonrían, porque Beijing ya lo hace.

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