Estirpe Chiva

Como cantara Joaquín Sabina, todos, tú y yo, tuvimos "abuelos que ganaban batallas", y un padre, que antes de dormir, nos contaba esas historias. Y si no fue así, al menos, eso es lo que me gusta...

Como cantara Joaquín Sabina, todos, tú y yo, tuvimos "abuelos que ganaban batallas", y un padre, que antes de dormir, nos contaba esas historias. Y si no fue así, al menos, eso es lo que me gusta creer. Y tal vez por eso, es que la saga de los Arellano de las Chivas Rayadas de Guadalajara: Rául, el del Campeonísimo; Omar, el padre, actual Auxiliar Técnico en el Atlético de Madrid; y ahora Omar, el hijo, el que perfila para figura del futbol mexicano, me gusta tanto.

Por eso, llevo varias semanas fascinado con la idea; imagino escenarios, trato de figurarme cómo creció ese chico que hoy ejerce como héroe rojiblanco; los relatos que le contaban cuando era un niño, los primeros partidillos de futbol en el jardín de la casa, las reuniones familiares entre fotos de aquel Guadalajara histórico de los años sesenta y leyendas de Clásicos inolvidables; los posters que decoraban su habitación, las visitas en brazos de su padre al Estadio Jalisco, la cultura del triunfo que sólo posee un club como Chivas, la tirria genética contra el América, los sueños de gloria, los anhelos infantiles que una tarde, como la del último domingo, en pleno Clásico, se hicieron realidad. 

No son pocas las historias de padres e hijos que tuvieron el privilegio de convertirse en profesionales de su deporte, los ha habido siempre y los seguirá habiendo: los Bonds y los Griffey en el beisbol, los Manning en la NFL, los Maldini en el AC Milán y en la Selección de Italia, los Sanchís, Campeones de Europa, padre e hijo, con el Real Madrid; los Cruyff en el Barcelona, los Mercx en el Tour de Francia, los Piquet en la Fórmula Uno, los "Armilla" en los Toros, etc. Sin embargo, extender ese talento, esa determinación, esas cualidades, hasta una tercera generación resulta extraordinario y algo muy pocas veces visto. 

Por eso, hoy intento imaginarme cómo debió crecer Omar Arellano al ser nieto de una leyenda del Campeonísimo y e hijo de un padre que también ganó el título con el Guadalajara. Cómo debe entrenar un joven que lleva un apellido tan ilustre en el futbol mexicano y que, le guste o no, debe cargar con esa historia; la confianza en sí mismo que debe tener al saberse de una familia elegida por el juego, y sus parámetros personales de éxito considerando los alcances de sus antecesores.

Y sigo imaginando ese cargamento de historias y emociones, de trucos y secretos, que Omar lleva en el corazón y en las piernas, esos sabios detalles que a algunos les toma una vida aprender y que, en este caso, son un valioso tesoro de la familia; la genética, el carácter, la fortaleza, el deseo de ganar, la competitividad, y por supuesto, la disposición natural para derrotar al eterno enemigo de la estirpe: el América.

Porque me gusta creer que en la familia Arellano hay un mandamiento de vida: "Jugarás para ganarle al América", y que por ello, Omar hijo y Omar padre, deben dormir muy tranquilos estos días por esta misión cumplida y por mantener viva esta saludable tradición familiar. Seguro que el abuelo Raúl, en su palco celestial, gritó como nadie, el gol de su nieto. ¡Enhorabuena! 

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