Mi primer Clásico

Rogan Taylor, un viejo sabio que me dio clases en la Universidad de Liverpool, me dijo alguna vez que las rivalidades son &#039el pan y la sal&#039 del futbol; que sin las rivalidades el juego pierde.

Rogan Taylor, un viejo sabio que me dio clases en la Universidad de Liverpool, me dijo alguna vez que las rivalidades son “el pan y la sal” del futbol; que sin las rivalidades el juego pierde su conexión tribal, una buena parte de su razón de existir; porque al final, jugamos para estar unidos y así sentirnos más fuertes. Jugamos para demostrar quiénes somos, cómo vemos el mundo, cómo vivimos la vida. Jugamos para confirmar nuestra identidad y la de los que son como nosotros. Jugamos para honrar a los jugadores del pasado, a los que nos legaron grandes historias, y lo hacemos también para perpetuar nuestros nombres y que algún día, alguien hable con orgullo de nosotros. Por eso, siempre me pregunto: ¿De qué viven esos clubes, esas aficiones que han sido incapaces de desarrollar una auténtica rivalidad deportiva? Porque no es lo mismo ganarle a uno de los clubes grandes, que tener a un adversario histórico. No es igual tener ganas de vencer al América, que vivir soñando con derrotar a tu rival de siempre, ése con el que tienes un puñado de historias de agonía y gloria, una docena de capítulos que se transforman en tradición oral. Para tener un verdadero Clásico se necesitan dos clubes que se detestan, no sólo un chico con ganas de ganarle a un poderoso. Necesitas odiar (deportivamente) y a la vez ser odiado; porque un club de futbol no sólo vale por sus títulos, por el tamaño de su afición, por la ciudad a la que pertenece, por su poder económico, sino también por los rivales que le odian y por los adversarios que le temen. En Sevilla, un periódico de la región, cuenta diariamente los días que faltan para el Derbi entre el Betis y el Sevilla, los dos enconados clubes de futbol de esa ciudad temperamental. 148…147…146…Y así se la pasan todo el año. Sin temor a equivocarme, pocas rivalidades en el mundo alcanzan esta concentración emociones antagónicas como la que se suscita entre el club de nervión y el equipo bético. En Inglaterra, por ejemplo, un estudio entre aficionados determinó recientemente que existen 42 rivalidades distintas dentro de las cuatro divisiones profesionales de futbol. Rivalidades locales, regionales, nacionales; enemistades deportivas por cercanía geográfica entre los clubes o por antecedentes históricos; rivalidades que se distanciaron por ascensos y descensos, enconos que se agudizaron por el cambio de dueño de uno de los involucrados, etc.   Esta semana el futbol mexicano vivirá una edición más de su Clásico emblemático, la madre de todas sus batallas: Guadalajara vs. América. Es imposible mantenerse ajeno a este choque; es irresponsable y falso decir que “es un partido como cualquier otro”. Por ello, me resulta inevitable recordar mi primer Clásico, aquella tarde en el Estadio Azteca en que viví por primera vez lo que era el odio deportivo entre dos aficiones. Era 1986 y aquello terminó con una bronca monumental. Nunca olvidaré la impresión que me causó ver a Zelada tirando patadas, a Alfredo Tena liándose a golpes con tres rojiblancos, al “Zurdo” López intentando sin éxito calmar a sus jugadores, a Quirarte buscando a Hermosillo, al “Cuchillo” Herrera soportando patadas en el suelo. La pelea se extendió hasta la tribuna, y al final, el árbitro Antonio R. Márquez expulsó a todos y suspendió el partido. www.youtube.com/watch?v=sqe0KoPfoW0 Luego de una experiencia así era imposible no quedar inoculado por el virus del Clásico. Afortunadamente, guardo mejores recuerdos que esa primera vez, y espero que el domingo el Guadalajara vuelva a someter a su viejo rival. Reitero: ¿Qué sería del futbol sin sus Clásicos? Me siento afortunado. Insisto: ¿Cómo viven este fabuloso juego aquellos que no tienen una gran rivalidad, aquellos que consumen el futbol sin el pan ni la sal? ¿A qué les sabrá?.

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