El defensa de la alegría

No falleció... Murió. Porque como él mismo lo escribiera en "La Tregua": "porque eso suena tan ridículo, tan frío, tan lejos", que no puede herirlo, no puede destruirlo.
“Nunca se lo he confesado a nadie, dijo Benja pocos días más tarde mientras desayunaban en la cocina, pero a vos quiero contártelo.  Tengo sueños, ¿sabés? Todos tenemos, dijo Ale. Sí, pero los míos  son sueños de futbol.” Mario Benedetti Fragmento de “El Cesped” (Despistes y franquezas)

No falleció... Murió. Porque como él mismo lo escribiera en “La Tregua”: “porque eso suena tan ridículo, tan frío, tan lejos”, que no puede herirlo, no puede destruirlo. “Porque murió es la palabra, murió es el derrumbe de la vida, murió viene de adentro, trae la verdadera respiración del dolor, murió es la desesperación, la nada frígida y total, el abismo sencillo, el abismo.” Y ahora le tocó a él. Mario Benedetti, murió el domingo, día de futbol, en su rancia Montevideo dejándonos el legado de su lucha continua, incansable, en defensa de la alegría. Por eso resulta imposible, para los que le leímos y nos contagiamos de sus versos, no sentir la necesidad de despedirle; por eso, resulta impropio y hasta indigno, para los que le seguimos todos estos años, quedarnos con los brazos cruzados, sin recordar las historias que ese viejo sonriente nos contó. Y con su partida, el futbol perdió a uno de sus poetas más luminosos, a uno de sus escritores más entrañables. Porque a diferencia de muchos otros, Benedetti, hincha viejo del Club Nacional de Montevideo, nunca ocultó su pasión por el juego y cada vez que pudo lo llevó a los libros, para que algunos que andábamos perdidos por ahí, pudiéramos vivirlo desgarradoramente a través del prodigio de sus palabras. Fue así como, gracias a Benedetti, descubrí que el futbol podía leerse, o mejor dicho, debía también leerse. Sus inolvidables cuentos “El Césped” y “Puntero izquierdo” me lanzaron a la aventura de seguir el rastro del futbol en la literatura iberoamericana. Y así, provocado por este uruguayo que tenía como ídolos a Obdulio Varela, Schiaffino, Petrone, Nazassi, Scarone, Ghiggia, Walter Gómez, los próceres que ganaron el Mundial de 1950, fue como conocí a otros hombres que le pusieron tinta al futbol y me hicieron vivir las historias más maravillosas que existan sobre este juego.    Hoy despido, al hombre que, el menos a mí, me enseñó a leer el futbol. Lo despido desde la cancha, y recordando lo que él mismo relató en “El Césped” con la voz de Benja, un personaje inolvidable: “Anoche, en esas dos horas que dormí, tuve uno de mis sueños. ¿Y? Y bueno, ya había terminado el partido, pero yo estaba todavía en la cancha y no sé porqué tenía la pelota bajo el brazo (eso sólo pasa en los sueños porque en realidad la pelota se la lleva el árbitro), el público iba vaciando lentamente las tribunas, y de pronto sentí que alguien me tocaba el codo, suavemente, como con afecto, y me di vuelta. Eran Nazassi y Obdulio. A falta de uno, eran dos capitanes. Y uno de ellos, no se cual, me dijo: Dame la pelota, botija, y se la dí. No tenés ninguna culpa, pero no tires más al arco. Siempre te vas a acordar de Martín y así no es posible meter goles. Dejá la globa, pibe, ahora que todos te quieren. Es duro dejar las canchas, nosotros bien que lo sabemos (...) Y los dos me miraban con un cariño tan sobrio, tan poco escandaloso, pero tan real, que dije sí con la cabeza y los abracé , no como a fantasmas sino como a capitanes... Y es por eso que lo dejo, Ale, porque, como siempre, tienen razón”.  

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