Rosique

Desde Sudáfrica: contrastes mundialistas

Lunes 12 de Octubre del 2009



Por segunda ocasión en este año, escribo esta columna desde Sudáfrica. Luego de estar dos días en la tierra del próximo Mundial, aún intento recuperarme de las devastadoras 30 horas de viaje que toma llegar desde México hasta la “Nación del arcoíris”, incluida una escala de cinco horas en París. Anoche me fui a la cama a las doce de la noche y dos horas más tarde abrí los ojos y ya no pude conciliar el sueño. A las cinco y media de la mañana ya estaba en pie para tomar otro avión y viajar rumbo a Ciudad del Cabo, en la costa oeste del país, el lugar donde se efectuará el sorteo de la Copa del Mundo el 4 de diciembre.

Sudáfrica es un lugar donde el contraste es una sensación permanente para los sentidos. La decrepitud del centro de Johannesburgo queda eclipsado por la modernidad de los barrios de Sandton, el suburbio donde se instalará el centro neurálgico del Mundial; el novedoso diseño arquitectónico del Estadio Soccer City, que recibirá el partido inaugural y la Gran Final, resalta como un oasis en medio de un descampado; la sonrisa y amabilidad de los sudafricanos de raza negra es inversamente proporcional a la pobreza que viven muchos de ellos; la inquietante austeridad de ciudades como Pretoria, Rustemburgo o Bloemfontein, todas ellas sedes mundialistas, no tiene nada que ver con la belleza y el lujo de Ciudad del Cabo, la gran joya sudafricana.

El deporte también respira en medio del contraste: mientras el rugby es practicado y consumido por sudafricanos blancos de clase alta, el futbol es el juego que han abrazado las mayorías negras. Comprar un boleto para ver a los Leones de Johannesburgo, el equipo profesional de rugby de la ciudad, cuesta unos 300 Rands (45 dólares americanos); por el contrario, para ir al mismo estadio a ver jugar al club de futbol “Kaizer Chiefs” hay que desembolsar, apenas 30 Rands (5 dólares). Las figuras sudafricanas del momento también representan polos opuestos: de un lado el millonario golfista Ernie Els, blanco y perteneciente a la clase alta; del otro, Cartens Semenya, la polémica Campeona Mundial de 800 metros, quien es originaria de una minúscula villa donde ni siquiera hay instalación de agua corriente.

No pretendo hacer juicio alguno sobre estos contrastes, simplemente son las primeras sensaciones que me ha dejado esta exploración inicial de Sudáfrica. Tenemos mucho más por descubrir y por entender, y por lo pronto el futbol nos ha dado esta maravillosa oportunidad de vivir la realidad de un pueblo tan lejano para nosotros como diverso y divergente en su interior. El próximo cuatro de diciembre, Ciudad del Cabo emitirá latidos hacia todo el planeta, y estoy seguro que tú, al igual que millones de aficionados, estarás pendiente de cómo se armará el rompecabezas de 32 piezas que supone acomodar a los participantes de una Copa del Mundo. Me gusta Sudáfrica.
 
 

Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.
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