El partido que todos perdemos

Lo conocí poco, casi nada. Ni siquiera recuerdo haberle entrevistado, pero por alguna razón tengo presente en la memoria esa primera tarde de inicio de temporada en el Estadio Azul.
  • Las historias comienzan, cuando la casa pierde: Juan Villoro

Lo conocí poco, casi nada. Ni siquiera recuerdo haberle entrevistado, pero por alguna razón tengo presente en la memoria esa primera tarde de inicio de temporada en el Estadio Azul. Era la Jornada 1 del Invierno del 2000. En aquellos tiempos yo todavía era reportero de cancha por lo que me correspondía obtener las alineaciones del partido y mientras las apuntaba, me llamó la atención la inclusión como titular con el Monterrey de un futbolista del que no había escuchado nunca: Antonio de Nigris.   Recuerdo que me acerqué a alguno de los auxiliares técnicos de los Rayados, en aquel tiempo los dirigía Benito Floro, para preguntar quién era este "De Nigris" que portaba el dorsal "9". "¿Es extranjero?", pregunté. "¿De dónde salió?"; "¿Cómo es que un novato trae el número nueve así como así?". "Está chavo, viene del Saltillo", me dijeron. "¿Está debutando?". "No, jugó unos minutos la temporada pasada". Sin embargo, aquella era la primera vez que Antonio De Nigris iniciaba un partido de primera división. No dejó de extrañarme que un club como Monterrey, acostumbrado a tener en esa posición delanteros extranjeros de renombre apostara por un joven mexicano. Al paso de las jornadas, me quedó claro por qué un hombre de gran sabiduría como Benito Floro se había fijado en él. Ese primer año como titular, De Nigris fue la revelación del campeonato al anotar 11 goles en el Invierno 2000 y 10 más en el Verano 2001.   El resto de la historia es menos trascendente y la conocemos todos. Los goles de De Nigris comenzaron a escasear y los cambios de equipo a aumentar. Sin embargo, a Antonio lo recodaremos por aquel gol prodigioso en su debut con la Selección Mexicana contra Brasil, una volea espectacular en el Estadio Jalisco; pero sobretodo por su espíritu aventurero, esa vocación de explorador que le llevó a jugar en Colombia (Once Caldas), España (Polideportivo Ejido y Villarreal), Turquía (Gaziantespor, Ankaraspor y Ankaragucu) y Grecia (Larissa), con tal de conocer nuevos mundos y vivir el futbol como él lo deseaba, a su manera, fuera de las costumbres o los caminos convencionales.   Hoy despedimos a Antonio De Nigris pero la memoria me recuerda que hace tres meses el futbol lo hacía también con Dani Jarque, jugador del Español de Barcelona, y hace un par de años el Sevilla lloraba a Antonio Puerta. Y la lista no termina ahí… el camerunés Marc Vivien Foe, el húngaro Miklos Feher del Benfica y tantos otros a los que últimamente les falla, paradójicamente, su músculo más fuerte: el corazón.   Su muerte me deja sin respuestas. Sólo anhelo que Antonio esté hoy anotando goles hermosos y ejecutando jugadas imposibles. Ojalá que su espíritu siga viajando para siempre, por las canchas del mundo. A los que seguimos aquí, sólo nos queda hacer el recuento del naufragio y seguir adelante. Ya nos tocará, a cada uno, perder ese partido.

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