Los días más emocionantes de mi vida

Te escribo tras volver de dos viajes fabulosos y, sobretodo, de vivir los días más emocionantes de mi vida.
  • Para Daniela, mi nueva compañera olímpica

Te escribo tras volver de dos viajes fabulosos y, sobretodo, de vivir los días más emocionantes de mi vida. Siempre he creído en aquello de que “viajar nos cambia”, viajar nos cuestiona y nos libera, nos sana y nos enloquece al mismo tiempo y para bien; y cuando los hacemos con consciencia plena y el corazón abierto, al regresar a casa nos paramos de una manera distinta sobre el mundo. En lo personal, esta última aventura me dejó secuelas maravillosas porque en el primer viaje, a la generosa Costa Esmeralda de Veracruz, uní mi vida a una mujer excepcional con la que, a partir de ahora, comparto mis sueños y construyo un gran futuro; y en el segundo, nuestra luna de miel a Vancouver, disfrutamos del espectáculo más grande que existe sobre la faz de la tierra: los Juegos Olímpicos.    Creo con pasión que uno nunca es el mismo luego de vivir, con consciencia, el mensaje de fe, amistad y esfuerzo que profesa el Movimiento Olímpico. Personalmente no encuentro mejor manera para recordar los valores que debemos defender los seres humanos, en estos tiempos de agitación y cataclismos, que recontar las historias de los hombres y mujeres que entregan sus vidas al Olimpismo.    Vancouver recibió al mundo con sus “Glowing Hearts” (“Corazones encendidos”) y con el mensaje “Believe” (“Crée”) impreso en la ropa roja y blanca que portaban sus orgullosos ciudadanos. Se trataba, sin duda, de mucho más que un simple lema publicitario, porque durante 17 días esta ciudad ejemplar de nuestro continente, nos enseñó que se puede crear riqueza y bienestar en comunión con la naturaleza; que se puede vivir con orgullo y paz sin aplastar a los demás; que se puede forjar una identidad desde la tolerancia y la multiculturalidad; y sobretodo, que aún en está época de desaliento, es nuestro deber, como habitantes del planeta, mantener una profunda fe en el futuro.    El que estos Juegos Olímpicos hayan tenido menos difusión mediática, por la problemática económica que vive el planeta, no quiere decir que el evento tenga una importancia menor, al contrario, te invito a que vivas las fabulosas historias que arrojó Vancouver 2010: la gran final del hockey que se decidió en tiempo extra; la trepidante competencia de relevos en el patinaje de velocidad varonil de pista corta y su gran protagonista, Charles Hamelin; la emotiva victoria del estadounidense Evan Lysacek en el patinaje artístico; los vuelos mágicos del suizo Simon Ammann en el salto de esquí; la alegría de la fiesta de inauguración y la música de la clausura; la irrupción de una patinadora de época como la sudcoreana Nu Ya Kim, mejor conocida a partir de ahora como “Queen” Kim, y muchas otra historias que te llenarán de vida.

Vancouver 2010 son, por fortuna, mis sextos Juegos Olímpicos, una aventura milagrosa que comenzó para mí en Sidney 2000 y que, afortunadamente, se renueva cada dos años alternando inviernos y veranos imborrables para mi memoria. Y siempre que este fabuloso esfuerzo humano concluye, mi sensación es la misma: crecen mi fe y mi deseo por reinventarme, me siento mejor.   Inicia una nueva olimpiada, o lo que es lo mismo, un nuevo cuatrienio para soñar y convertirnos en todo aquello que podamos ser. ¿Quién puedo llegar a ser en cuatro años? ¿Quién puedes llegar a ser tú? El camino ahí está, plagado de héroes y grandes historias, lo han recorrido muchos otros, nos han legado sus ejemplos, y lo mejor, es que cabemos todos, se llama: Olimpismo, y yo creo en él.

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