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Pacquiao: Cuando ganar hace daño
Lunes 14 de Noviembre del 2011
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Soñemos un poco. Imaginemos. Abramos por unos instantes las puertas de la fantasía. Regresemos a la media noche del sábado en Las Vegas: Tras 12 rounds de alto voltaje, Manny Pacquiao y Juan Manuel Márquez esperan, cada uno en su esquina, el anuncio final de Michael Buffer, el presentador oficial de la contienda. Con las tarjetas de los jueces en la mano, Buffer proclama: “114-114, 115-113, 116-112...and still Champion of the World: Manny Pacquiao!”.
Pacquiao es levantado de la cintura por su manager, mientras otro de sus asistentes comienza a abrocharle el cinturón de Campeón del Mundo. Es en ese preciso instante en el que el fenómeno filipino, posiblemente el mejor boxeador de los últimos 15 años, se quita de encima el cinturón, aleja a su gente y -entre empujones- se abre paso hasta la otra esquina para darle la faja y levantarle la mano al auténtico vencedor de la pelea: Juan Manuel Márquez. ¿Quién mejor que él para saber que fue superado? De un segundo a otro, Pacquiao deja de ser villano para convertirse en héroe. El público se rinde a los pies del filipino al protagonizar un momento inmortal para la historia del boxeo. Al reconocer su derrota “Pacman” le hace uno de los favores más grandes a la credibilidad de su deporte y se encumbra como atleta modelo en todo el planeta. El gesto de grandeza proyecta a Pacquiao como nunca antes.
La imagen se convierte en portada de todos los medios. Además de los millones de dólares que tenía garantizados, ganara o perdiera, Manny -a raíz de este gesto de “fair play”- multiplica sus ingresos por concepto de imagen y -lo más importante- “gana” aun habiendo perdido.
Detengamos la máquina de sueños. Regresemos a la realidad. Como bien sabes, lamentablemente, nada de esto ocurrió. Pacquiao prefirió ser parte de una de las decisiones más injustas en la historia el boxeo internacional. Nadie se creyó su celebración, ni su imagen con los brazos en alto, ni el paseíllo en hombros por el cuadrilátero; ni siquiera su esposa que se encontraba en ringside. Aun cuando le regalaron la victoria, Pacquiao perdió. Perdió credibilidad, popularidad, grandeza.
Lo peor del caso es que Manny tuvo la oportunidad, el sábado por la noche, de hacer una diferencia en su deporte, tuvo la ocasión para dejar un ejemplo de hacia dónde debe dirigirse el boxeo, sin embargo prefirió callar, fingir y alimentar la farsa. Lástima por él, porque Manny ha ganado ya todo el dinero que ha querido, es famoso en todo el mundo, es representante de la gente en el parlamento de su país, tiene aspiraciones políticas, y perder como perdió ante Márquez no le convertía en un atleta menor. Al contrario, ganar así hoy le está haciendo daño.
¿Hubiese sufrido Pacquiao represalias en su contra al haber reconocido el triunfo de Márquez? Seguramente. Pero Manny está más allá del bien y del mal, y tal vez es el único boxeador que podía darse ese lujo. Se lo hubiéramos agradecido todos. Juan Manuel Márquez, más que nadie.
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