Barcelona: ¿Inicia la decadencia?

Nada mejor para el deporte que la caída de un Campeón; nada más saludable para la competencia, que un adversario -aparentemente- debilitado sea capaz de derribar a un coloso en su propio campo.

Nada mejor para el deporte que la caída de un Campeón; nada más saludable para la competencia, que un adversario -aparentemente- debilitado sea capaz de derribar a un coloso en su propio campo. De nuevo, una y mil veces repetida, la arquetípica historia de David contra Goliath o la leyenda de Leónidas y sus 300 contra el incontable ejército Persa. O mejor aún, la posibilidad de que al fabuloso Barcelona se le haya acabado la suerte, le haya cambiado la fortuna, que los caprichosos dioses del futbol le hayan dado la espalda tras un lustro de bendiciones. En este caso, algo me dice que no es cuestión de talento. El gran futbol del FC Barcelona -estoy seguro- continuará enamorando fanáticos un buen rato, sin embargo, todo rey sabe, que es necesario tener el favor de Dios para poder gobernar. Sin esa misteriosa ventaja de tu lado las victorias se vuelven necias. Pregúntale a Holanda y sus tres finales de Copa del Mundo; recuerda a Inglaterra y su mala suerte; evoca a los Cachorros de Chicago y sus cien años de maldición.      Lo cierto es que el triunfo pírrico del Chelsea sobre el Barcelona ha refrescado la competencia futbolística; le ha devuelto la esperanza a una docena de equipos que no encontraban la manera de oponer resistencia al reinado blaugrana y que comenzaban -con excepción de los clubes que ha dirigido José Mourinho- a aceptar, con sumisión, las condiciones que imponía el poderoso Imperio Barcelonista. Este Chelsea lleno de cicatrices y alejado de su ostentosa personalidad habitual, encarna algunas de las mejores historias que nos han regalado las competiciones europeas. Me recuerda al Liverpool del 2005, aquel equipo parchado que remontó un 0-3 ante al AC Milán en la inolvidable final de Estambul. Me trae a la memoria también al inestable y nervioso Real Madrid de la temporada 1997-98, que se coronó Campeón de Europa tras vencer a la poderosa Juventus de Zidane en Amsterdam. Este Chelsea se parece a la rocosa Grecia que -contra los pronósticos- ganó la Eurocopa del 2004 en pleno campo de los portugueses; y tiene un aire -también- a la Selección de Dinamarca, que sin haber ganado su calificación en la cancha, se presentó -como invitada emergente- en la Eurocopa de 1992 y se quedó con el trofeo.       Los “Blues” han perdido mucha sangre tras la contienda en el Camp Nou; el equipo ha quedado maltrecho, adolorido e incompleto; sin embargo, tiene de su lado un elemento que puede definir la gran Final en Munich: el favor de los dioses del futbol. El Chelsea sabe que contó con ayuda celestial en Barcelona: balones al poste, atajadas fantásticas de Peter Cech, el penal errado por Messi, 47 ocasiones de gol para el Barcelona en 180 minutos y sólo dos tantos en contra. Si se lo creé; si en verdad se convence de que ha sido “elegido” por las divinidades que rigen este juego, no descarten que esta historia vaya a más, y que el club de Londres, pueda vivir una noche afortunada y heroica como la que experimentó el Liverpool en aquella final en Estambul. *Te invito a seguirme en Twitter: Antonio_Rosique y en mi blog: www.lafabulosamquinadesuenos.com

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