Los domingos a mediodia (segunda parte)

Paty me esta haciendo las enchiladas, que van a tener que ser de queso porque ya no hay pollo. Yo no sé en que se gasta el dinero del mandado esta pendeja, a ver si se acuerda de que se las pedí...

Paty me esta haciendo las enchiladas, que van a tener que ser de queso porque ya no hay pollo. Yo no sé en que se gasta el dinero del mandado esta pendeja, a ver si se acuerda de que se las pedí con  salsa verde. Espero que no me contagie de lo que sea que está enferma. Y de todos modos, estar en bata y despeinada a esta hora es de huevona. – A ver si te arreglas un poquito para comer, que así me quitas el hambre y no le vayas a toser a mis enchiladas. - Lo bueno es que aquel día se creyó que estaba enferma, pero hasta me armó lío por andar despeinada y en bata, si supiera.

- Mamá- Estoy recogiendo la ropa.- ¿Ya limpiaste mi uniforme? Acuérdate que mañana salgo de inicio.- Si ya sé, lo estoy levantando, ahorita te lo llevo

Qué padre está el atardecer, de esos poco en la ciudad. Se alcanzan a ver los cerros y en el fondo los rosas chocan con los azules, mientras del otro lado de las nubes el pincel de un hombre que no conozco intenta plasmar sobre el lienzo las cuatro pequeñas nubes blancas que resisten el embate de los colores. Y pienso en Manuel. En lo lindo que sería que ahora que el viento se empieza a enfriar viniera y me abrazará con ese modo suyo que aprieta, pero no demasiado, y que tan bien me cubre del viento. Luego me ayudaría a doblar la ropa y bajaríamos riendo las escaleras. Mientras acomodo las cosas en el ropero lo siento mirándome las nalgas. Escucho como se acerca y me abraza la panza, jalándome contra de él para que sienta lo que ya había entendido desde que lo sentí mirándome desde atrás. No, si los hombres se creen inteligentes Y yo le sigo su juego y me echo un poco para adelante, suficiente para que no me alcance, suficiente para que no se aleje. Arremete entonces contra mi cuello, llenándolo de pequeñas mordidas que avanzan hacia mi oreja, mientras su mano recorre mi vientre, dirigiéndose inevitablemente hacia arriba.

- Mamá- Ay, ya voy- ¿Dónde te dejo tu uniforme? ¿A qué hora es tu juego mañana?- Ya te había dicho que viajo hoy en la noche- ¿Ah sí, y a donde vas?- A no sé que pueblo a nueve horas de aquí, regreso el domingo tarde. Pásame mi uniforme- ¿Ya te vas?- No, al rato, pero lo voy a poner aquí para que no se me olvide.- Te voy a preparar unos sandwiches para el camino- Bueno, pero no les pongas mayonesa.

Todo comenzó a principios de la penúltima temporada, en un intento por acercarme a mi marido. Pensé que si entendía tendría de que platicar con él, quizá ver los juegos y resúmenes con él y quien sabe, hasta me podría invitar al estadio cuando jugara el equipo. Se iba José y encendía el televisor para ver el análisis previo y enterarme de las últimas ocurrencias del entrenador; que al principio no entendí del todo de que la giraba y siempre empezaba el juego muy arregladito y para la mitad ya había botado el saco y se aflojaba la corbata dado vueltas dentro de un rectángulo de cal y gritándole de cosas al árbitro y a su ayudante de bandera. Poco a poco aprendí de fueras de lugar y amonestaciones; de jugadores y su juego y sus motes. Nunca se lo comenté a José, quería esperarme a realmente entender, para de verdad poder platicar con él. Semana tras semana me sentaba frente al televisor, media hora antes y media después del juego. Por las mañanas, mientras le ponía el lugar y le preparaba el desayuno, hojeaba la sección de deportes, oculta entre la de espectáculos por si bajaba José antes de tiempo. Ya que se iba al trabajo, checaba con calma la tabla de posiciones y la de goleo e incluso llegué a ver viejas cintas de juegos mientras planchaba la ropa. Poco a poco me fui volviendo aficionada. Al grado de creer comprender las borracheras de mi marido cuando perdía nuestro equipo. Me sentía tan cerca de él que me pareció normal comentar con él del equipo cuando pasaron a la liguilla.

- Que bien esta jugando Bruno no, aunque se me hace que conduce demasiado – le dije ese día.- Tu que sabes de fútbol, vieja pendeja – fue lo único que obtuve como respuesta.

Con todo y no me di por vencida. Observe el juego de ida sin perderme detalle y aquella noche, mientras intentaba torpemente arrancarme los calzones, le susurré al oído que el gol había sido en fuera de lugar, pero que ya verían la siguiente temporada. Me pegó en la cara con el costado de la mano. Tratando de quitármelo de encima, me tomó de las muñecas apretando demasiado y después se quedó dormido, todavía tuve que aguantarme su aliento de borracho en la cara en lo que me zafaba las muñecas para quitármelo de encima. Esa noche se acabó el fútbol para mí y José no volvió a acostarse conmigo ni en el descanso, ni en toda la siguiente temporada. Llegue a extrañar sus beodas embestidas con la playera de su equipo a medio quitar. Luego llegó Manuel y el fútbol volvió a tener sentido. Me daba días y tiempos seguros para verlo en lo que regresaba mi marido. Al menos hasta ese día que tuvo que salirse por la ventana y yo tomar de milagro la bata del piso y secarme el sudor, mientras me asomo por la escalera y le digo a José que no me siento bien. Por eso tuve que volver a seguir a su equipo, para predecir a que hora puede llegar y que no me volviera a tomar por sorpresa. (Continuará)

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