Un tigre sin rayas

En la década de los 60´s, uno de los defensas más carismáticos, viriles y con unas agallas para pelear el esférico como pocos era Guillermo Sepúlveda. Como su apodo bien lo decía, Sepúlveda era un...

En la década de los 60´s, uno de los defensas más carismáticos, viriles y con unas agallas para pelear el esférico como pocos era Guillermo Sepúlveda. Como su apodo bien lo decía, Sepúlveda era un verdadero “Tigre” que, por las buenas o por las malas, impedía los avances enemigos.

Inició su carrera en el Atlas, pero sin duda sus mejores momentos los vivió con el Guadalajara, equipo con el que fue “campeonísimo”, ganando varios títulos de liga. Seleccionado nacional en múltiples ocasiones, asistió  a las Copas del Mundo de 1958 y 1962. Hacia 1966, ya con el equipo Jabatos de Nuevo León, Sepúlveda era el capitán de la selección y estaba a punto de jugar su tercera Copa del Mundo, pero algo ocurrió el 12 de junio de 1966 que cambió su vida para siempre.

México jugaría ese día contra el Tottenham en el recién inaugurado estadio Azteca. El técnico Ignacio Trelles comenzó a leer la lista de los que saltarían al campo. Los seleccionados sabían que los únicos seguros eran, como siempre, “La Tota” Carbajal, Isidoro Díaz y “El Tigre” Sepúlveda.  Trelles gritaba el nombre y el indicado a su vez respondía ¡listo!.

Comenzó el rito:  ¡Carbajal!.. ¡listo!., ¡Chaires!.. ¡listo!, Del Muro.. ¡listo!, cuando Trelles anunció el nombre del segundo defensa central el “Tigre” Sepúlveda se quedo helado, ¡Núñez!.. ¡listo!...

Tras una larga preparación, en el último partido en canchas mexicanas antes de partir rumbo al continente europeo, Sepúlveda ni siquiera era nombrado. No pocos fueron los que voltearon a ver el semblante del “Tigre”, quien no sabía que pasaba. Esperando a que Trelles acabara con la lista para preguntarle, de pronto vio que se acercaba el máximo dirigente del futbol mexicano, Guillermo Cañedo y el jefe de la delegación mexicana Felipe Zetter.

El presidente de la Federación Mexicana de Futbol se paró a unos metros del grupo, y con la mano le dijo a Sepúlveda que se acercara. Alzando la voz, para que todos escucharan, le dijo: “Agarra tus cosas y te me vas a la chingada. Aquí no queremos lerdecillos que vengan a desestabilizar al grupo, pasa por tu liquidación porque tú  a la selección no vuelves y ten mucho cuidado con esa bocota, porque hasta lo poco que te queda de carrera se te acaba”

Y dándose la media vuelta, Cañedo y Zetter se fueron como habían llegado.

Esta historia comenzó meses atrás, cuando en una concentración del tricolor, Sepúlveda –junto con otros jugadores-  propuso que formaran la asociación de futbolistas para lograr ciertas canonjías, como lo son mejores sueldos y trato más justo a los futbolistas.  Sepúlveda se puso en contacto con los líderes de los gremios de Uruguay, Argentina y algunos europeos, para saber como funcionaban. Dio su informe y formaron una comisión que sentaría las bases de lo que sería la asociación mexicana de futbolistas profesionales. Tenían planeado que antes del viaje a Europa se reunirían con los dirigentes para hacerles saber sus demandas, entre las que destacaban partidos a beneficio de jugadores ya retirados y que tenían una situación económica no muy estable. El primer partido a beneficio, sería para Juan “Bigotón” Jasso, ex capitán de Chivas. En la comisión, destacaban como presidente el mismo Sepúlveda, como secretario Jesús Del Muro y como tesorero “La Tota” Carbajal. Tres pesos pesados de la selección.  Aquella reunión secreta, permanecería así por juramento. Nadie de los que tomaron parte, diría nada hasta que la comisión entablara pláticas directas con directivos y periodistas…

Sepúlveda  tomó sus cosas y se fue a los vestidores, para recoger su maletín y sus vendas. Tras de él aparecieron Carbajal, Del Muro y los demás seleccionados, salvo Ignacio Trelles que comprendió que no era momento para meterse en algo que le era ajeno. Molesto, Carbajal dijo que lo apoyaban y que estaban dispuestos a parar. Sepúlveda lo contuvo. “No, mi Tota, si fuéramos todos, pero ya ve que no es así…”

En el vestidor, ante todos, Sepúlveda anunció su separación del plantel, pero pidió que como hombrecitos, el soplón diera la cara. “-yo fui- dijo José Luis “La Calaca” González.

Sepúlveda tuvo ganas de golpearlo, pero apretando el puño soltó una maldición y se retiró del lugar, mientras que del resto, unos apoyaron al “Tigre” y otros, se fueron del otro lado con González. Era una selección dividida, pero desgraciadamente, casi todos pensaban como “La Calaca”, sentían que meterse en broncas les significaría estar fuera de la selección y lo que ellos anhelaban era jugar un mundial de futbol.

Extrañamente, los líderes del grupo, los que intentaban reivindicar la labor de los futbolistas fueron requeridos muy poco en el Mundial de Inglaterra. Carbajal, antes indiscutible del tricolor, sólo actuó en el último partido contra Uruguay, cuando ya la selección mexicana estaba eliminada. Jesús Del Muro, tan sólo jugó ante Inglaterra, cuando era considerado el hombre de hierro de la defensiva mexicana y Sepúlveda, en el mejor momento de su carrera, ni siquiera fue convocado para ocupar un lugar entre los 22 jugadores que asistieron al Mundial de 1966.

Al Tigre lo humillaron, pero jamás, perdió su dignidad, esa sí que la tenía bien puesta.

Anécdota contada por José Luis León.

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