El Estadio Azteca II

Luego de la sensacional acometida del Panamericano de Futbol en 1956, en la que se demostró que la afición mexicana estaba deseosa de un espectáculo de mayor magnitud.

Se consigue el Mundial. Comienza la obra del Azteca. Luego de la sensacional acometida del Panamericano de Futbol en 1956, en la que se demostró que la afición mexicana estaba deseosa de un espectáculo de mayor magnitud, de mostrar que la televisión era un gran negocio para el futbol y el futbol era un gran negocio para la televisión y con algunos años ya de experiencia en el balompié, Guillermo Cañedo tuvo la certeza de convencer a Don Emilio Azcárraga Milmo que lo mejor que podía ocurrir para el país en aquellos años era organizar un Mundial de futbol. En lo político el país se mostraba estable, Adolfo López Mateos era el Presidente y el desarrollo estabilizador se encontraba en su mejor momento. La economía iba por buen camino y la visión del Presidente viajero era dar a conocer un México diferente y en constante desarrollo al mundo entero. Así, Azcárraga y Cañedo pidieron una cita con el Presidente que la concedió de inmediato -bien sabido era la afición de López Mateos por los deportes- y plantearon la posibilidad de que nuestro país organizara la Copa del Mundo. Del gobierno requerían la aprobación y ciertas facilidades, la televisión y un grupo de empresarios se encargarían de lo demás. Con un sí por respuesta, salieron del Palacio de Gobierno con el objetivo principal de conseguir -ahora- la aprobación mundial. Se presentó la propuesta ante FIFA en donde Guillermo Cañedo tenía grandes amigos. La iniciativa contemplaba la construcción de algunos estadios a lo largo del país y por supuesto un coloso monumental que se convertiría en el máximo escenario a nivel mundial. Con ciertas reservas, la FIFA cedió el cuaderno de cargos para que México determinara si podía o no organizar esta justa mundialista. Los otros países postulados eran Indonesia -sin mayores posibilidades- y Argentina, que desde años atrás se había mostrado interesada en hacer un Mundial en casa. Cañedo movió nuevamente todas sus piezas para conseguir los votos de las distintas delegaciones. Su poder de convencimiento era en verdad increíble. Afirmó que sería el mejor evento en estas lídes jamás realizado y accedió a ciertas canonjías, como con los países norte y centroamericanos, en donde promovió una nueva Confederación: la CONCACAF, para tener más votos a su favor prometiéndoles la gran ayuda de México a toda el área en competencias posteriores. Todos estos factores y la estabilidad del gobierno mexicano en contraposición del gobierno militar argentino, fueron fundamentales para la decisión a favor de nuestro país. Pero sin duda, el punto culminante fue la presentación de la maqueta sobre lo que sería el Estadio Azteca ante los representantes de las diversas delegaciones que visitaron México. Algunos consideraron fantasioso que un estadio así pudiera ser construido, pero Azcárraga y Cañedo se encargaron de convencer a los más incrédulos. Cuando en 1964, durante los Juegos Olímpicos de Tokio se dio a conocer en la madrugada de aquel 8 de octubre que México era el elegido para organizar la Copa del Mundo, pocos podían creerlo, pero Azcárraga y Cañedo tomaron la noticia tranquilamente, estaban plenamente convencidos que el Mundial era nuestro. Dos años después, la obra que muchos creían imposible era una realidad. El Estadio Azteca sería la mayor carta credencial de un país que quería crecer y debía mostrarlo de manera tácita, con hechos. No podía ser de otra manera que con el mejor estadio del mundo hasta ese momento: el Azteca.

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