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Otra de porteros

Sábado 2 de Febrero del 2013

A Rafael Navarro Corona lo llamaban el Portero de Goma. (Foto: Carlos Calderón)
A Rafael Navarro Corona lo llamaban el Portero de Goma. (Foto: Carlos Calderón)

La semana pasada les contaba el caso de Tairo, un conocido escritor que fue, además, portero del Asturias. Hoy, siguiendo con la tónica, les hablaré de otro arquero y que también escribía.

Si bien no fue tan conocido como escritor, sí lo fue como guardameta, ya que inclusive formó parte en múltiples ocasiones de la Selección Nacional en la década de los treinta y cuarenta. Se trata de Rafael Navarro Corona, “El Portero de Goma”.

Navarro, nació en Guadalajara y desde muy joven tuvo que emigrar con su familia a la Ciudad de México. En Jalisco comenzaba a hacer sus “pininos” en el Atlas, en la capital, se hizo grande en el América.

Debutó por casualidad una tarde en la que Isidoro Sota, portero titular del América y mundialista en 1930, no pudo llegar al encuentro y desde el primer momento dio claras muestras de su elasticidad; parecía irrompible, se doblaba, se estiraba, manoteaba, se abría de piernas con singular facilidad y la prensa lo comenzó a llamar “El Portero de Goma”.

Navarro fue seleccionado para las Eliminatorias del Mundial de 1934 en Roma y disputó aquel encuentro trágico frente a los Estados Unidos en el Estadio del Partido Fascista el 24 de mayo de 1934 que ganó el conjunto de las barras y las estrellas 4-2.

Navarrito se sacó la espina en los Centroamericanos de 1938, en donde, con sus atajadas, fue parte fundamental para que se consiguiera el Oro para nuestro país.

Rafael Navarro Corona, dedicó muchos años a la carrera de futbolista y luego, ya alejado de las canchas, a la de Director Técnico, sobre todo de equipos juveniles en Monterrey, en donde radicó finalmente. La docencia, sin duda alguna, era la otra pasión del “Portero de Goma”.

Aunada a estas ganas de enseñar, Navarro se dio cuenta que tenía una vena literaria. Cada vez que podía contaba a sus alumnos las anécdotas que él había vivido y eran tantas y tan variadas éstas, que en algún momento alguien le propuso que debería de escribirlas…

¡Y así lo hizo!

Rafael Navarro se dio a la tarea de plasmar su vida, desde sus primeros años en Guadalajara, hasta su despedida del futbol. Increíblemente para lo que pensaban que le costaría mucho trabajo escribir, las cosas se dieron con mucha facilidad. Las letras fluían en el papel y Rafael logró un maravilloso escrito, que sin ser un tratado de literatura, sí es un libro muy ameno y de fácil lectura, en donde los nombres y las anécdotas corren a raudales.

Su lectura resulta muy interesante para conocer cómo se vivía el futbol en esa época -poco profesional por cierto- en la que los futbolistas tenían que dedicarse a otra cosa si querían vivir de algo y debían tomar el futbol como simple hobby.

Para muestra un botón…

En el año 1930, entrenamiento de la Selección que irá al Mundial de Uruguay:

“Por fin llegó el martes. A la una en punto estaba en las puertas de la tienda (en donde trabajaba), esperando el tranvía que me llevaría hasta el España. Cuando llegué al Parque…nos dirigimos a la cancha para hacer los entrenamientos que ordenara nuestro entrenador (Luqué de Serrallonga)”.

“Tenía este señor la forma europea de entrenar… como calentamiento se solía ordenar dar vueltas al campo; pero en esta ocasión, me pareció casi imposible de creer lo que había oído: había que dar ¡14 vueltas alrededor del campo!... me sentí cansado al terminar la tercera vuelta y resolví acercarme al Señor de Serrallonga para decirle que nunca había hecho semejante ejercicio…”

“…Al final nos llamó a los porteros para hacer con nosotros la práctica especial…se habilitó 10 balones que le iban dando dos ayudantes y con las manos me los iba tirando uno a uno hacia diferentes lugares del marco… Al quinto o sexto tiro casi no me podía levantar del suelo…(asistí al entrenamiento de nuevo el jueves) pero fue el último pues sabía que a ese paso lo único que lograría era acabar con la poca energía que tenía y sentía no aprovechar absolutamente nada”.

Como podemos ver, con tan sólo este fragmento, los tiempos han cambiado y mucho. Obviamente tenemos que tener en cuenta que por aquellos años varios equipos en México ni siquiera entrenaban y se veían el mismo domingo en la cancha listos para el juego.

Como en aquellos años el futbol no era profesional, los jugadores trabajaban en donde podían. Navarro, por ejemplo, lo hacía en una tienda de ropa y hacia 1930 el Club le consiguió un trabajo en la Dirección de Estadística del gobierno del DF y para jugar, a veces había que pedir permiso en el trabajo.

“A fines de diciembre de ese año de 1930, una noche, al llegar al Casino, me avisaron que pidiera permiso en mi trabajo, porque el Club había recibido una invitación de Guadalajara para que, junto con el España, fuéramos los que inaugurásemos el Estadio Municipal”

Luego de jugar el partido, que quedó empatado a un tanto, tuvieron la propuesta de un encuentro frente al Guadalajara, que hay que recordar, por aquellos años, jugaba en la Liga regional de Jalisco.

“Al regresar de nuevo al hotel, nos reunió a los dos equipos Pedro Suinaga… quería saber quiénes podíamos disponer de permiso en nuestros trabajos para permanecer unos días más en la ciudad. Con los que pudieran quedarse se formaría un combinado… El campo del Guadalajara estaba en la colonia Reforma y aunque ese día era laborable, se vio muy concurrido el partido… No recuerdo el resultado, creo que nos derrotaron, pero logré detenerle un tiro de penalti a Juan Navarro, que ostentaba un récord de 32 tiros de penalti sin fallar… tenía que ser un tapatío el que realizara la hazaña”

Hasta aquí este sabroso relato. Espero haberlos dejados picados. El libro, aunque difícil de conseguir ya que fue publicado en 1965, puede encontrarse en algunas librerías de viejo.

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Nota: Las columnas que se presentan en la sección Editorial de mediotiempo.com, son responsabilidad única de sus autores y no reflejan necesariamente la opinión periodística de Medio Tiempo.

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