De la vida sentimental del futbol

Existe una vida sentimental del futbol que se parece mucho al amor. Tanto protagonistas como espectadores intuimos que algo especial sucede cuando nuestros sentidos se involucran de lleno.

Existe una vida sentimental del futbol que se parece mucho al amor. Tanto protagonistas como espectadores intuimos que algo especial sucede cuando nuestros sentidos se involucran de lleno en un partido o, más aún, en un Torneo que regala un título al mejor equipo.

Primero de forma inadvertida, vamos experimentando una sensación sutil de complicidad con nuestro equipo o, si somos los protagonistas, con nuestros compañeros de escaramuzas en el campo. Se trata de una complicidad parecida a aquélla que nos invadía cuando en la infancia y en la adolescencia observábamos a quien nos gustaba y sabíamos con certeza que el sentimiento era recíproco.

Ya con los sentidos inmersos en su totalidad en la batalla, entendemos con claridad por qué el amor y el futbol son tan cercanos en sus demandas y su maltrato a los órganos vitales: el corazón deja de latir cuando tu equipo recibe un gol, se detiene en señal de tregua, en alarma sensorial que detona una muerte lenta, esa que se siente, que se vive cercana en cada una de las respiraciones que también se apagan. Los pulmones dejan de funcionar cuando anotas el gol de la victoria y festejas con el estrépito de voces, lágrimas y besos que acotan la respiración para aquilatar la vida y volverla más exquisita.

Es exagerado afirmar que los jugadores del Barcelona se aman, pero la complicidad sentimental que los une en el campo es notable y marca diferencia. Esa fusión voluntaria de veintitantos hombres es lo que ha llevado a este equipo a una de las máximas proezas del futbol: la permanencia. Hoy, los jugadores y el técnico del Barcelona son permanentes.

Valdés, Piqué, Busquets, Xavi, Iniesta, Messi, Villa y compañía no sólo controlan el balón, se absuelven con él para después entregarlo al mejor de sus cómplices. El resultado es un concierto de la imaginación que nos absorbe de inmediato y que, por fortuna, arroja buenos resultados.

El Barcelona, al igual que la Selección Húngara de los cincuenta y la Selección Holandesa de los setenta, congrega a protagonistas con palabras e imaginación. Una expresión precisa es suficiente para suspender la sudoración y el cansancio, un gesto escogido de imaginación en el campo –como el balón filtrado de Messi a Iniesta, el “taquito” en el área enemiga de Piqué a Messi, o bien la asociación tripartita entre Messi, Fábregas y Adriano para el último gol de la victoria–, basta para motivar contra la adversidad y llevar a la conquista de un trofeo. Desde luego, para que esta complicidad sentimental con olor a amor de infancia funcione, hace falta un conductor emocional atento, humilde y, lo más importante, generoso.

En una de las primeras entrevistas que ofreció Vicente del Bosque tras el título mundialista, comentó tras pregunta expresa que no sabía con exactitud cómo había logrado tal hazaña. Lo único que he hecho por más de 30 años –dijo el maestro– es darle cariño al jugador y cuidar su temple emocional. Si yo tuviera el poder para hacerlo, colocaría estas dos frases en todas las escuelas y equipos de futbol del mundo. El cuidado emocional del jugador como primer andamio para la fusión colectiva y para el respeto al juego original, al genuino.

Esa vida sentimental del futbol se encuentra presente en las mejores gestas deportivas del balompié de todas las latitudes. Pienso, sobre todo, en el campeonato de Pumas de 1991, en el alarde creativo de Holanda durante los Mundiales del ‘74 y ‘78, y en la versión actual del Barcelona. Miguel Mejía Barón, Johan Cruyff y Pep Guardiola fueron y son, ante todo, los conductores emocionales de la gesta: los principales responsables de esa complicidad que se manifiesta en infinitas posibilidades –incluidas las de cariz artístico– dentro del campo de juego.

En posibilidades y pinceladas en el campo que nos permiten, casi sin querer, descubrir y reconocer la luminosidad de las notas sentimentales del futbol. Se trata de ese momento mágico cuando la intuición del espectador también se convierte en complicidad y entendemos que un enamorado del futbol puede llevar varias vidas breves, al tiempo que un futbolista puede sobreponerse a varias muertes pasajeras.

Una sutil y constante mezcla entre agonía y resurrección. Lo mismo que el amor.

Diego Gaspar Escritor y ex futbolista profesional @diegogasparv

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