El ritual de inicio

Saltar al campo de juego con todos los sentidos en armonía convoca una ilusión distinta a todas las que se pueden experimentar en la vida.

Saltar al campo de juego con todos los sentidos en armonía convoca una ilusión distinta a todas las que se pueden experimentar en la vida. Es como adentrarse en un universo paralelo y vivir en una dimensión desconocida.

 

Justo antes del silbatazo inicial respiras y observas tu entorno con detenimiento, con la ilusión de enmarcar ese momento para siempre y poder vivir, cuando alguna emergencia emocional lo amerite, de la nostalgia de lo sucedido.

Es un espacio muy singular del juego: el árbitro ve su reloj y busca con la mirada los ojos atentos de los dos arqueros para, con su anuencia, iniciar el partido. Los jugadores guardan silencio, algunos voltean a ver el cielo, otros se hincan en señal de duelo y advenimiento y, los más incrédulos, sólo cierran los ojos para disfrutar cómo se detiene el tiempo.

Entonces el jugador sabe que se encuentra en la antesala del enamoramiento. Las imágenes que de forma vertiginosa suceden en su mente retratan el espíritu original del juego, ese que no exige más que la condición de la naturalidad y del sentimiento espontáneo que brota de una pierna, pie o pensamiento honesto.

Comprende que su vida quedará ligada al futbol de forma irremediable, como las estrellas al firmamento y las vidas a los sueños. Que siempre estará ahí, como un atalaya vigilante para conceder momentos de felicidad pasajeros, efímeros como el olor de la mujer amada, pero intensos como la certeza de saber que soñar que ya no se puede jugar es también una forma de jugar.

El ritual de inicio de un partido toma algunos segundos, los suficientes para saber que cada nuevo juego es la representación individual y colectiva de las mejores respiraciones de una vida.

Diego Gaspar

Escritor y ex futbolista profesional

@diegogasparv

 

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