Futbol y poesía

El futbol, como la poesía, nos salva de nuestra precipitada existencia. Nos otorga poder para sentir y gritar una victoria, al tiempo que nos abandona en el túnel más oscuro del desamparo.

Salvación, poder, abandono. Ejercicio espiritual, método de liberación interior. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia. Sublimación, compensación. Hija del azar. Regreso a la infancia. Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo. Voz del pueblo, palabra del solitario. Octavio Paz en el Arco y la Lira Todo eso es la poesía y también el futbol.

El futbol, como la poesía, nos salva de nuestra precipitada existencia. Nos otorga poder para sentir y gritar una victoria, al tiempo que nos abandona en el túnel más oscuro del desamparo.

El futbol, como la poesía, es un ejercicio espiritual que nos acerca al mundo y nos permite percibirlo, olerlo y sentirlo con la magia de sus notas, bajo su influjo celebratorio. Es, ante todo, una forma de liberación interior que traduce sus mejores logros en mágicas asociaciones y grandes goles, en esa solidaridad explícita que se reconoce en las escaramuzas de un campo de juego.

El futbol, como la poesía, inspira a los hombres en su andar por el mundo. Hace que sus respiraciones se conviertan en un ejercicio muscular armónico, lleno de entrega, capaz de brindarle a los pies del jugador un sexto sentido para comprender el abecedario y entonces hacerle el amor al balón con oraciones y versos de lujo.

El futbol, como la poesía, es una súplica de intenciones desbordadas. Una plegaria sin atributos ni destinatario. El jugador se habla y se entiende, dialoga consigo mismo. Sueña con el triunfo, pero lo detiene la ausencia. Necesita de sus compañeros, del sabor del conjunto.

El futbol, como la poesía, compensa. Es esa victoria que nos niega la vida. Por eso también en ocasiones nos sublima, porque se entromete en nuestro destino y nos modifica. Nos convierte en simples instrumentos del deseo en busca del mejor de todos sus objetos: el balón que se descubre, el que exige su encuentro. El futbol, como la poesía, depende muchas veces de la fortuna. Un lance preciso, una estrategia infalible, la certeza de lo sucedido a veces zozobra con la prohibición del destino. Un remate perfecto que besa el larguero, una jugada de encanto que termina con un desencuentro. La victoria que se escurre sin remedio. O lo contrario, el desorden táctico premiado por un tanto. El disparo contrahecho que se anida en el ángulo. El hierro voluntario que se vuelve acierto.

El futbol, como la poesía, nace de la infancia. De ese remanso alejado que vuelve cuando disparas un balón al arco, cuando defiendes a un compañero en el campo, cuando el olor a pasto inunda tu espíritu para volverlo cercano. El regreso es a plazos ya que es necesario esperar una semana para sentirte de nuevo un niño ilusionado.

El futbol, como la poesía, revela mundos. Es una danza continua de diálogos y monólogos que dispara luces, fuegos artificiales para encender voces y luchas. Moral de ciudades y enseñanza difusa.

Al final, el jugador, como el poeta, tiene vida corta y memorias largas. Es una especie que tiende a sobredimensionar la experiencia, a pensar no tanto en lo que observa y escucha, sino es sus posibilidades de desarrollo dentro de un campo. Es por ello que la voz de un pueblo lo sorprende y alimenta, al tiempo que lo convierte en una voz solitaria de palabras mudas. Diego Gaspar Escritor y ex futbolista profesional @diegogasparv

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