El autoestima del jugador

El jugador mexicano no es inferior a los jugadores europeos, sudamericanos, asiáticos o centroamericanos. El problema es que, en ocasiones, el jugador mexicano se siente inferior a ellos.

El jugador mexicano no es inferior a los jugadores europeos, sudamericanos, asiáticos o centroamericanos. El problema es que, en ocasiones, el jugador mexicano se siente inferior a ellos. Es un sentimiento, no una condición. Al final, me parece que se trata de un asunto de autoestima. Y es que la autoestima está íntimamente ligada con la confianza. Es una valoración de nosotros mismos que se va forjando a fuego lento desde la infancia y que encuentra acomodo en el yo individual que se termina de construir en nuestra adolescencia y adultez. Es una especie de caparazón emocional y sicológico que marca con toda claridad los límites de nuestra confianza y nuestro amor propio. De nuestro sociólogo Samuel Ramos a nuestro poeta Octavio Paz, pasando por nuestro ensayista Alfonso Reyes, la psique del mexicano ha sido estudiada con pasión y detenimiento. Hubo ciertos acontecimientos, coinciden los autores, que marcaron la mente del mexicano e hicieron que poco a poco germinara en ella un sentimiento de inferioridad. Quien mejor lo ha dicho ha sido Alfonso Reyes: “fuimos convidados al banquete de la civilización cuando ya la mesa estaba servida”.   Fue cuando quisimos parecernos a las grandes civilizaciones. Cuando quisimos adoptar sus códigos y conductas sin detenernos a pensar en nosotros mismos, en el proceso social y emocional que necesitábamos resolver para entendernos y reconocernos como Nación independiente y soberana. Entonces la desproporción entre lo que quisimos hacer y lo que podíamos lograr fue tan grande que, sin darnos cuenta de nuestro verdadero error, nos sentimos incapaces y permitimos que el sentimiento de inferioridad anidara en nuestra alma con fuerza. Tengo la impresión de que en nuestro futbol pasó algo similar. De aquel 1900-1901 cuando se fundó el Pachuca Athletic Club hasta la derrota del pasado martes de la selección nacional frente a la escuadra de Brasil, han pasado miles de acontecimientos: el impulso y la marca indeleble de la comunidad inglesa y española en nuestro futbol, la falta de identidad de nuestro balompié por muchos años, el primer Mundial al que acudimos, veinte años sin Mundiales por las razones equivocadas, los fracasos acumulados hasta la efímera victoria contra la República Checa en el Mundial del 62, México 70, la fractura de Alberto Onofre, los cachirules, los penales que no entran, el paradigma del quinto partido, la omnipresencia del criterio económico sobre el deportivo, los dos Campeonatos Sub-17, el tercer lugar de la Sub-20, la luz de la última Copa de Oro. Al igual que a nuestro país, a nuestro futbol y a sus jugadores los han determinado ciertos acontecimientos que han sido registrados en la mente de los futbolistas y no les ha permitido evolucionar para conquistar los títulos que a todos nos gustaría ganar, un Mundial por ejemplo. Ese sentimiento de inferioridad se fue fortaleciendo con cada derrota, con cada fracaso deportivo, con cada penal fallado, con cada sueño amateur destruido. Las luces no han sido pocas, pero las sombras han prevalecido. En nuestro proceso histórico futbolístico, muchos jugadores han sido desvalorizados por las circunstancias, inefables entrenadores y atroces prejuicios. También por quienes visten de pantalón largo e incluso por sí mismos. Ello se ha traducido en grandes injusticias y en una autoestima colectiva susceptible y voluble. Existen indicios para suponer que en nuestros días empezamos a revertir el proceso, a reconocernos y a brindarle una identidad propia a nuestro juego. Sostengo que la autoestima del jugador depende, en gran medida, de tres factores que deben cuidarse durante su proceso de formación: 1) el hábitat y el pulso emocional del futbolista: sus primeros pasos, el tránsito del futbol amateur al profesional, su temple; 2) un fino equilibrio entre los objetivos que se trazan y la capacidad para lograrlos: querer lo que se puede y poder lo que se quiere; y 3) la autocrítica necesaria para exponer a la luz esos fantasmas e inseguridades que están presentes en su mente y que tienen un origen en nuestra historia colectiva en tanto futbolistas mexicanos. Es vital que la autoestima del jugador prevalezca sobre sus fantasmas. A la primera hay que edificarla, a los segundos hay que exponerlos a la luz del día para que se desvanezcan.   Diego Gaspar Escritor y ex futbolista profesional @diegogasparv

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