El Tercer Tiempo

Son varios los partidos que enfrenta un futbolista en un mismo juego. Al menos tres.

Son varios los partidos que enfrenta un futbolista en un mismo juego. Al menos tres: el previo, el que se desarrolla en la mente y se sueña en la concentración del equipo; el real, el que ocurre en un tiempo y espacio determinados por un rectángulo de pasto; y el que se narra con los amigos en el tercer tiempo del cotejo. Y muchas veces este último encuentro es el más agradable y el más representativo para los jugadores. Y lo es porque el jugador reconoce, aún sin entenderlo del todo, que al contar a sus amigos sus hazañas en el campo, vuelve a jugarlas pero con el aliciente narrativo y deliberativo de la reconciliación.

Pongamos un ejemplo:

“Recuerda una fantástica jugada al borde del área chica del equipo rival. Lo marcaba el central más corpulento y aguerrido que había conocido en su vida. Supo intuir el trazo de su medio de contención y antes de que ocurriera se movió a espaldas del zaguero para enseguida recuperar su paso. Gracias al arte del engaño, el zaguero pensó que iría al espacio libre para lograr un disparo. Ya con el balón en camino, adivinó que el zaguero venía un par de pasos retrasado, así que decidió volver a engañarlo. Fue por el balón y en lugar de besarlo para controlarlo, dejó que pasara por en medio de sus piernas para eludir al contrario. El zaguero robusto no se enteró del itinerario, sólo soltó un pujido ensordecido por su espasmo y su cintura se quebró en un prodigio posible inventado. Quedó solo frente al portero y soltó un escopetazo que destruyó las manos del guardameta para sellar con polvo de oro el embrujo de su libreto mágico.”

Un par de gambetas y una jugada certera que termina en gol se puede convertir en una narración llena de colores y de sensaciones que visten la hazaña. El tercer tiempo de los partidos está destinado a compartir con los amigos todo lo ocurrido en el campo de juego. Con la gran diferencia de que el estilo personal y la subjetividad narrativa lo aderezan todo para convertir una simple jugada en la emoción menos imaginada.

“Misterios de la vida, a escasos segundos del final del partido se le presentó una oportunidad para empatar de nueva cuenta el juego. Fue una jugada que creó con la única virtud que mantuvo en el cotejo, la inercia de todas sus victorias imposibles. Enfiló desde la media cancha hacia la portería contraria. Dejó a un rival sin cintura y al hacerlo abrió mucho el ángulo de su ataque. Recompuso la jugada con un trazo a sí mismo que concitó la reacción inmediata del central del equipo contrario hacia su vitalidad. Un nuevo autopase para eludir la vehemencia amorfa del defensa rabioso lo colocó en el área chica, a escasos metros de la línea divisoria entre el placer profundo y la frigidez tardía. Se sintió excitado ante la posibilidad de un orgasmo. Decidió, sin pensarlo, pintar una diagonal retrasada en busca del goleador de su equipo para asegurar el empate. El trazo diagonal encontró pierna amiga y energía para volar el mundo y romper la red de la melancolía”.

No hay mejor espacio para recomponer nuestros andares en un campo que el tercer tiempo de un cotejo. Es la posibilidad para reinventar, para volver a escribir un guión de una película ya vista.

Diego Gaspar Escritor y ex futbolista profesional @diegogasparv

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