La sensualidad del juego

Después de muchos años de jugar en distintos campos de futbol, todavía hoy esa sensualidad se apodera de mi cuerpo cuando controlo un balón de forma sublime, anoto un gol de bandera...

En Un Prodigio Posible, mi primera novela futbolera, arranco con la siguiente metáfora sobre el juego: “Hoy sabe que recibir el balón con los pies, acariciarlo suavemente para lograr un dominio completo sobre su presente y su destino, significa lo mismo que hacerle el amor a una mujer. Todos sus sentidos se preparan y acomodan para besarlo, para orientar su fuerza desbordada, para domarlo y entonces, sólo entonces, poder disponer de su destino y dirigirlo hacia el mayor de los orgasmos posibles: la red”. Después de muchos años de jugar en distintos campos de futbol, todavía hoy esa sensualidad se apodera de mi cuerpo cuando controlo un balón de forma sublime, anoto un gol de bandera, o bien cuando me asocio con un amigo para eludir rivales o me perfilo con balón controlado hacia el área chica enemiga y, después de amagar a los centrales, lo cedo al compañero mejor ubicado para firmar un gol con sabor a nostalgia. Hay jugadas que convocan a la sensualidad más sutil y otras al arrebato carnal explícito. Ver a Messi con el balón cosido a su pie izquierdo dibujando amagues en el campo, observar a Beckenbauer controlar el balón para después elegir su destino, recordar a Di Stéfano perforar el área enemiga, hipnotizarnos con la mejor versión de Maradona al liderar a su equipo a la gloria, disfrutar la verticalidad y claridad de Cruyff al irse al frente con la cabeza en alto. O presenciar el gol de la victoria de tu equipo después de una batalla épica sin tregua ni anonimato, saborear la magia de un libreto táctico inventado, sentir el entusiasmo de una tribuna que se entrega en un canto, soñar despierto con las letras de un himno que se clavan en el corazón dilatado.   Son notas sensuales que se registran en la mente del espectador, así como lo hacen los gestos, muecas, risas y olores del ser deseado en la mente de quien lo desea. Por eso algunos fanáticos se desnudan: las mujeres muestran el pecho y los hombres se desprenden de la mayor cantidad de prendas posible para tener la libertad de sentir con mayor fruición la oleada de besos y abrazos. Es porque están excitados. Sus cuerpos reaccionan con un gesto sensual sutil –una caricia en las manos, un beso que reúne dos labios, una mirada que evoca amor y respaldo. O con gestos explícitos de una sensualidad desbordada: se exhiben pechos con pezones excitados, torsos con músculos marcados y cientos de gritos que parecen orgasmos. Es irremediable, la sensualidad se apodera del escenario. Al igual que el futbol, la punción de la sensualidad depende de su perenne capacidad para volverse incomprensible. Hay algo que no captamos del todo pero sucede: la respiración se acelera, la piel se apresta, los pezones se excitan, el olor se modifica, el sudor cobra sentido y los labios se inyectan de deseo. Y empieza el duelo: primero con caricias, al balón, a la cintura y a esos pechos abrasados. Después con arrebatos de amor y sosiego. Con asociaciones directas e intercambios del cuerpo. Un pezón en la boca y el balón cosido a los dedos. El vientre ardiendo y de nuevo un muslo que dispara al cielo. Al final, una penetración al área termina en el mejor y más preciado de todos los cuentos. Sea en la alcoba más lujosa, o en el sótano de algún lugar estrafalario. Sea en el mejor de todos los estadios, o en el terreno pedestre inventado para acomodar sobresaltos, cuando la sensualidad toma las riendas el cuerpo sucumbe de inmediato. Diego Gaspar Escritor y ex futbolista profesional @diegogasparv

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