La vida privada de los goles

Fue una jugada rápida y certera. El balón sigue su trámite hasta que aparece el virtuosismo. Y apareció de pronto: un cambio de juego preciso colocó a su medio derecho en posición de ir a buscar...

Uno.- Fue una jugada rápida y certera. El balón sigue su trámite hasta que aparece el virtuosismo. Y apareció de pronto: un cambio de juego preciso colocó a su medio derecho en posición de ir a buscar la línea de fondo e intentar una diagonal retrasada para burlase de la inercia de los defensas y dar ventaja espacial y rítmica al compañero. Por la forma de controlar el balón, supo que su medio derecho tiraría un centro pasado, cerca del segundo poste de la portería rival. Corrió a su encuentro hechizado. Al igual que siempre, no vio el balón besar las redes, tan sólo contuvo el aliento, arqueó todo su cuerpo para imprimirle dirección y fuerza a la pelota y saludó a la vida antes de salir corriendo en un instante que duró toda la eternidad. Después la pasión y el delirio. Corrió como poseído por los astros para fundirse en un abrazo de fuego con el compañero más cercano. Recuerda la sensación húmeda de las lágrimas que mojaban su rostro de tanta emoción acumulada y otra vez, como en cámara lenta, puede apreciar la alegría que invadió, poco a poco, como una inyección intravenosa, a cada uno de sus compañeros de equipo. Le sorprendió la reacción de uno de sus mejores amigos: corrió como loco de una esquina del campo a la otra para ir a su encuentro. Su rostro incontenible: la mandíbula trabada y los ojos encendidos como volcán en erupción. Sus gestos expresaban un dolor que por fin podía explotar. Y lo hizo con tal vehemencia, que logró detenerlo para iniciar un abrazo que selló una victoria con pasaporte al cielo. Dos.- Recuerda una fantástica jugada al borde del área chica. Lo marcaba el central más corpulento y aguerrido que había conocido en su vida. Supo intuir el trazo de su medio de contención y antes de que ocurriera se movió a espaldas del zaguero para enseguida recuperar su paso. Gracias al arte del engaño, el zaguero pensó que iría al espacio libre para lograr un disparo. Ya con el balón en camino, adivinó que el zaguero venía un par de pasos retrasado, así que decidió volver a engañarlo. Fue por el balón y en lugar de besarlo para controlarlo, dejó que pasara por en medio de sus piernas para eludir al contrario. El zaguero robusto no se enteró del itinerario, sólo soltó un pujido ensordecido por su espasmo y su cintura se quebró en un prodigio posible inventado. Quedó solo frente al portero y soltó un escopetazo que destruyó las manos del guardameta para sellar con polvo de oro el embrujo de su libreto mágico. Hubo alaridos en la tribuna y escuchó a sus amigos reírse a carcajadas en honor a su descaro. No hizo más que sonreír en silencio y sintonizarse con las risas de sus amigos de lunas y sobresaltos. 3.- Una sola vez enfrentó a su padre durante el juego. Sucedió a pocos metros del área chica que su padre custodiaba con amor y celo. El área chica es una zona erógena, su cercanía provoca una elevada temperatura erótica. Con los sentidos en trance, eludió a su padre con la irresponsabilidad de un rebelde y definió por debajo ante la salida estrepitosa y torpe del guardameta. Festejó el gol sin dejar de observar a su padre, quien no pudo evitar una sonrisa, apenas un gesto inflado de orgullo y de amor fraternales. Le dio una nalgada al pasar en carrera a su lado y sus miradas se cruzaron en una complicidad que hoy extraña y añora con todo sustrato. Diego Gaspar Escritor y ex futbolista profesional @diegogasparv

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