La libertad como principio

Se acerca la liguilla del futbol mexicano y con ella el final de otro ciclo y de otro campeonato.

Se acerca la liguilla del futbol mexicano y con ella el final de otro ciclo y de otro campeonato. Son momentos propicios para reflexionar y para insistir en una pregunta que por lo menos a mí me ha inquietado durante mucho tiempo: por qué el futbol mexicano no rompe la barrera de la mediocridad. Un repaso general del desempeño de la Selección Mexicana en las Copas Mundiales ilustra la mediocridad a la que me refiero. En los últimos ochenta años, la Selección Mexicana de futbol ha participado en 14 de los 18 campeonatos mundiales que se han jugado y su desempeño, con excepción del Mundial de 1970 y el Mundial de 1986, ha sido mediocre. Haciendo a un lado esos dos campeonatos mundiales, la selección se ha situado entre el lugar 12 y el 16 de la tabla general de posiciones y en cuatro ocasiones ha quedado en el último lugar. Una posible explicación tiene que ver con las libertades del jugador profesional para decidir sobre su destino y las consecuencias que esta situación ha generado a lo largo del tiempo. Todavía en el futbol profesional de nuestro país impera una estructura económica que limita las libertades del jugador. Dos en particular: la libertad del jugador para ofrecer sus servicios profesionales a cualquier equipo de la Primera División y la libertad de negarse a jugar en un club que no cumpla con las condiciones mínimas para su desarrollo como jugador. Y es que llegado el momento, la Asamblea de Clubes de la Primera División Nacional actúa como un cartel para negociar frente a los jugadores. En este sentido, los futbolistas que desean jugar sólo pueden ser contratados por los clubes por medio de un arreglo en el cual los equipos agrupados como unidad negocian frente a los jugadores. Es así como este par de libertades están expresamente prohibidas, ya que un jugador no puede negociar libremente su contratación con un equipo, como tampoco puede rescindir su contrato, a menos que decida renunciar al profesionalismo.   Este funcionamiento ha ocasionado que los jugadores enfrenten una serie de situaciones, sobre todo aquéllas que tienen que ver con la ausencia de libertad individual para elegir, que los inclinan a tener un desempeño mediocre como jugadores profesionales.   Otra explicación que está vinculada a la que menciono en párrafos anteriores, tiene que ver con el misterioso entramado económico y fiscal que rodea a los equipos de la Primera División Nacional. En México, los clubes de futbol son entidades privadas y no existe información sobre las finanzas de los equipos. No se cuenta con información fidedigna sobre los ingresos por taquilla, publicidad, derechos de trasmisión o transferencia de jugadores. Por tanto, no hay forma de saber si un equipo de futbol es rentable para sus dueños. Lo que sí sabemos es que prácticamente todos los clubes de futbol de Primera División forman parte de un grupo corporativo que se conforma de distintas y muy variadas empresas. Y también sabemos que el régimen tributario mexicano permite a un grupo corporativo integrado por distintas empresas, consolidar las utilidades de ciertas empresas del grupo en contra de las pérdidas en que hayan incurrido otras empresas del mismo corporativo. De esta manera, es muy posible y probable que algunos, si no es que la mayoría, de los directivos y dueños de los clubes de futbol de Primera División de nuestro país tengan incentivos poderosos para incurrir en pérdidas que pueden consolidar y reducir, por ejemplo, el pago del Impuesto Sobre la Renta de todo el corporativo. Al centrar su gestión con base en estos incentivos, los clubes de futbol dejan en segundo término el desarrollo de jugadores e incluso el propio desarrollo del equipo en tanto entidad económica y productiva. Libertades proscritas e incentivos económicos poderosos para diferir y sacrificar el desarrollo de jugadores. Una posibilidad para eliminar de nuestro futbol estas situaciones que comento  pasa por transitar hacia un modelo en el que los clubes se conviertan en entidades públicas cotizadas en el mercado de valores. De esta manera, existirían socios y accionistas minoritarios que velarían por los intereses del club, al tiempo de exigir a dueños y directivos un adecuado desarrollo de jugadores que, forzosamente, tendría que iniciar por el respeto a la libertad de elegir.   Diego Gaspar Escritor y ex futbolista profesional @diegogasparv

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