De Villa a Egipto

Quizá la mayor virtud del futbol sea su simplicidad: todo lo que se necesita es un balón y un espacio abierto, además de algo que sirva como postes para las porterías.

Quizá la mayor virtud del futbol sea su simplicidad: todo lo que se necesita es un balón y un espacio abierto, además de algo que sirva como postes para las porterías. Y, claro, un puñado de enamorados del juego dispuestos a jugar.

Los artífices de las las reglas de Cambridge lo sabían y por ello hicieron simple su reglamentación. En 1938 fueron reescritas las reglas en un orden más lógico, pero no se agregó nada de importancia. De hecho, a finales del Siglo XIX existían únicamente 17 reglas en el reglamento y al día de hoy siguen existiendo las mismas 17 reglas.

Esta simplicidad hace corto circuito cuando se presentan acciones que tienen un amplio margen de interpretación e involucran la moral y la contención deportiva. Pongamos dos recientes que han desatado una gran polémica, al tiermpo de gran consternación: la mano flagrante de Emmanuel Villa para anotar el dos a dos contra el Atlante durante la jornada pasada de este Clausura 2012 y la muerte de 74 personas en un estadio de Egipto.

Sobre la primera hay que decir varias cosas. En primer lugar, que la salida falsa es atribuir toda la responsabilidad de lo ocurrido al árbitro. Quienes así lo hacen, o responden a un interés mediático o nunca han jugado futbol. El error arbitral es consubstancial al juego.

Existe una responsabilidad moral del jugador que debió haber aflorado: bien para no meter la mano o bien para tener las agallas para detener la jugada y expiar en ese momento su arrebato pidiéndole al árbitro que anulara el gol conseguido en falta.

Un sueño casi revolucionario en nuestro futbol. Y es que el entorno y la idiosincracia cuentan, y mucho. El affaire Villa no hizo más que evidenciar, una vez más, la podredumbre de nuestro balompié. ¿Cómo un jugador va a atemponer el fair play o la moral deportiva a la viveza inmediatista? Cómo va a hacerlo si en su subconsciente nadan todas las situaciones que lo han marcado para siempre como jugador: contrataciones y traspasos leoninos, entrenadores omnímodos y sin escrúpulos, una federación que actua más como cartel que como catalizador deportivo (dixit pacto de caballeros). 

El jugador sabe que juega en un entorno amoral y reacciona en consecuencia. La única forma de romper el círculo vicioso es disolver el canon negativo que prevalece. Si Villa acepta su error en el momento, la inyección de oxígeno hubiera servido para limpiar, para renovar, para iniciar.

El affaire Villa desnudó a nuestro futbol, de nueva cuenta.

Sobre la segunda circunstancia que además fue trágica, me parece que en las página del Juego del Hombre se perfila una posible respuesta:

Para Desmond Morris, el futbol congrega los elementos de la caza primitiva: existe una estrategia que se discute previo al juego, existe peligro y la posibilidad de sufrir serias lesiones físicas. Los jugadores se vuelven cazadores de un balón y la intensidad del juego exige un alto nivel de concentración y poder físico. El ambiente sensorial es de gran motivación y sentidos exaltados. Al final, la valentía es imprescindible.

Lo de Egipto fue un instinto desbordado que encontró fertilidad en un campo. Por simple que sea, el futbol tiene la capacidad de encender los instintos humanos y desbordarlos. El cazador entonces se vuelve la presa y no hay poder en la Tierra para frenar la sed de justicia y la necesidad de reparacion del daño. El aficionado masificado covertido en cazador no lo sabe, pero confunde el escenario y descarga su furia en el lugar equivocado.

El futbol despresuriza lo que los gobiernos y sus ineptos funcionarios no atinan siquiera a decifrar: la dignidad de vivir en libertad. 

Si lo de Villa desnudó a un balompié local, lo de Egipto reclama una discusión global.

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