Pasión y gloria

Fue un jugador que no tuvo la necesidad de pensar en el campo. Nunca tuvo esa obligación. La magia se apoderaba de sus botines y la química empezaba a funcionar.

Fue un jugador que no tuvo la necesidad de pensar en el campo. Nunca tuvo esa obligación. La magia se apoderaba de sus botines y la química empezaba a funcionar. La magia para adivinar la mejor jugada posible y la química para contagiar a sus compañeros. Saber dos o tres segundos antes la ruta a seguir del balón es una sensación de plenitud incomparable. Es como volverse adivino por momentos y tener la capacidad de adelantarse al destino y retarlo, colocarse frente a su poderío y domarlo. Se jugaba la final de copa del torneo y su equipo y el contrario se aferraban en medio campo para obligar a la prórroga del partido. Uno a uno el marcador. Los dos goles del partido habían sido, como casi siempre, resultado de una combinación de aciertos y errores. El dos a uno a favor cayó cerca del final del partido. Fue una jugada rápida y certera. Y es que el balón sigue su trámite hasta que aparece el virtuosismo. Y apareció en ese momento: un cambio de juego preciso colocó a su medio derecho en posición de ir a buscar la línea de fondo e intentar una diagonal retrasada para burlase de la inercia de los defensas y dar ventaja espacial y rítmica al compañero. Por la forma de controlar el balón, supo que su medio derecho tiraría un centro pasado, cerca del segundo poste de la portería rival. Corrió a su encuentro hechizado, con la novedad de la costumbre de saber su destino preciso. Saltó con seguridad y cerró los ojos. No vio el balón besar las redes, tan sólo contuvo el aliento, arqueó todo su cuerpo para imprimirle dirección y fuerza a la pelota y saludó a la vida antes de salir corriendo en un instante que duró toda la eternidad. Después la pasión y el delirio. Corrió como poseído para fundirse en un abrazo de fuego con el compañero más cercano. Le pareció que el tiempo también se había detenido. Recuerda la sensación húmeda de las lágrimas que mojaban su rostro de tanta emoción acumulada y otra vez, como en cámara lenta, puede apreciar la alegría que invadió, poco a poco, como una inyección intravenosa, a cada uno de sus compañeros de equipo. Le sorprendió la reacción de uno de sus mejores amigos: corrió como loco de una esquina del campo a la otra para ir a su encuentro. Su rostro incontenible: la mandíbula trabada y los ojos encendidos como volcán en erupción. Sus gestos expresaban un dolor que por fin podía explotar. Y lo hizo con tal vehemencia, que logró detenerlo para iniciar un abrazo que selló una victoria con pasaporte al cielo. Ese día, en ese juego, los dos descubrieron que el futbol aportaba a sus vidas mucho más de lo que imaginaban. Ese día, comprendieron, juntos, que estaban profundamente enamorados del juego. Regresar al campo para besarlo después de un gol definitorio es, de nuevo, un trance espiritual. Respiras de forma distinta y otra vez se adueña de tu cuerpo la sensación y la posibilidad de poder volar, de elevarte por encima de la vida terrenal y conversar con los dioses. Conversar con ellos para decirles, para narrarles la hazaña. Y pasa, parece que no, pero el tiempo pasa y vuelve finita la vida, le da espacio para toda su melancolía. A pesar de ello, lo celebras. Le rindes tributo al juego y a sus glorias finitas. Diego Gaspar Escritor @diegogasparv

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