Socios emocionales

En esta aventura llamada futbol, todos tenemos o tuvimos un socio emocional que nos ayudó a comprender la ruta de la empresa, sus intuiciones, sus buenas y malas recetas. El mío fue mi padre.

En esta aventura llamada futbol, todos tenemos o tuvimos un socio emocional que nos ayudó a comprender la ruta de la empresa, sus intuiciones, sus buenas y malas recetas. El mío fue mi padre. Fue él quien me inculcó de una forma implícita, sin palabras ni grandes explicaciones, la forma de sentir el juego. Hasta que me rasuré el bigote, mi padre me acompañó cada sábado a compartir mi incipiente amor por el futbol, por ese deporte de balones y goles de oro, de esos que bien valen un sueño.

Jamás me dijo cómo jugar o cómo mejorar mi golpeo de balón, ni dónde colocarme en el campo. Nunca juzgó mi forma de jugar al futbol. Nada, ni un reclamo, ni un gesto que ilustrara malestar alguno o inconformidad ante un error o un dislate involuntario. Mi padre sabía que la libertad es la mejor maestra y guía. La única posible. Recuerdo la figura de mi padre así, discreta, siempre cerca del campo. Fue un socio emocional que utilizó el intermedio del futbol para poder entablar conmigo un diálogo cercano. Un susurro, el inventario de un amor que se forjaba sábado a sábado.

Supe lo que mi padre me había heredado el día que jugué contra él en un campo de futbol. Fue durante el mes de abril. La gracia del partido convocado residió en sus protagonistas. Se pactó un juego a 90 minutos con un descanso de 15 entre los jugadores nacidos antes de los 40’s, los padres, y los jugadores nacidos después de los 70’s, los hijos. El partido fue todo un alarde de historia y de suspiros robados. Coincidí con mi padre en el campo los primeros 45 minutos del juego. Jugar en un mismo campo con él resultó extraño, pero jugar de rivales fue todo un suplicio emocional. Inició el partido. Abril el mes. Los corazones y la infancia pulsando.

Recuerdo que nosotros, los hijos, condescendimos a nuestros padres en franca reivindicación de antaño. No nos atrevimos siquiera a cargarlos con el hombro en jugadas en las que el balón se estaba disputando. Nuestros padres, con el temple de los años, aprovecharon todo cuanto les fue concedido y avanzaron a pie firme hacia la portería que defendíamos los hijos. Al minuto 15 el marcador favorecía de forma abultada a la escuadra paternal. En el campo se jugaron varios partidos: algunos ilusorios, otros tan reales como la vida. Ver jugar a mi padre de central me robó el aliento. Me sorprendió su excelente colocación en el campo. A pesar de que los años se le notaban en las piernas, la mayoría de las coberturas que hizo fueron certeras y, gracias a su posición siempre frontal en el terreno de juego, cortó muchas jugadas y robó un sinnúmero de balones con firma de gol.

Una sola vez enfrenté a mi padre durante el juego. Sucedió a pocos metros del área chica: eludí a mi padre con la irresponsabilidad de un rebelde y definí por debajo ante la salida estrepitosa del guardameta. Festejé el gol sin dejar de observar a mi padre, quien no pudo evitar una sonrisa, apenas un gesto inflado de orgullo y de amor fraternales. Me dio una nalgada al pasar en carrera a su lado y nuestras miradas se cruzaron como lo hace la de los enamorados. Pude escuchar a mi padre soltar un suspiro y un ademán que le confirmó algo. 

No recuerdo el resultado del partido ni si se entregaron trofeos o diplomas a los participantes. No hizo falta. Ni los goles ni los trofeos fueron necesarios en aquel partido de genealogías. Cada quien se llevó los goles, las jugadas, la paradas, los túneles y las gambetas que quiso. Yo me llevé la figura de mi padre en un campo de juego. Fue tan sólo eso, una figura y la confirmación que mi padre había experimentado: esa sociedad emocional labrada por intermedio de un balón y sus sobresaltos.

Diego Gaspar Escritor, @diegogasparv

Newsletter MT
Suscríbete a nuestro boletín de noticias deportivas.
No te pierdas