La rentabilidad del idealismo

Guardiola quiso –y no diré yo que lo merecía– una salida más luminosa del Barcelona. La vida se lo prohibió al no concederle ni la Liga ni la Copa de Campeón de Europa.

La vida es imprevisible y caprichosa, qué duda cabe. Guardiola quiso –y no diré yo que lo merecía– una salida más luminosa del Barcelona. La vida se lo prohibió al no concederle ni la Liga ni la Copa de Campeón de Europa. Al no encontrar una salida que se correspondiera con lo hecho en los últimos cuatro años, recurrió a la congruencia: “me voy porque estoy vacío”, dijo el Director Técnico convertido en dramaturgo. Cierto o no, la metáfora utilizada es, por sí misma, una gran coartada: qué se le puede pedir a un ser humano que tiene vacías las entrañas. Un equipo de futbol es mucho más que una empresa de capital variable. Es, ante todo, una suma de excesos, una congregación de egos y una posible hoguera de enemistades. Para conquistar la armonía es necesario contar con un intérprete revolucionado y fino. Con un traductor de idiomas y gestos. Con un vendedor certero de ilusiones. Me habría encantado ser testigo de alguna de las infinitas charlas de Guardiola con sus jugadores en el vestuario. No tengo duda que muchos jugadores, al escuchar a su nuevo técnico, pensaron que se trataba de un loco desmecatado. ¿Futbol total? ¿Polifuncionalidad? ¿Estética? ¿Evolución? ¿Pases cortos y solidarios? ¿Comunión? ¿Tránsito decantado? ¿Construcción holística? ¿Estilo de juego sobre resultado? ¿Permanencia de la intuición? ¿Criterio solidario? ¿Capacidad de reinvención? ¿Verticalidad funcional? ¿Amor? Este es un idealista, pensó la mayoría. Pasó el tiempo, se dieron las conversaciones, el equipo se adueñó de las ilusiones. Entonces llegaron los títulos y con ellos el legado. En un mundo convulsionado y decantado por el resultado aséptico, Guardiola volvió rentable el idealismo. @diegogasparv

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