Una Copa sin Oro

En estos días, el seleccionado mexicano tiene la oportunidad de realizar su ultimo periodo de experimentación antes del mundial Corea-Japón, al enfrentar la devaluada Copa de Oro de la CONCACAF....

En estos días, el seleccionado mexicano tiene la oportunidad de realizar su ultimo periodo de experimentación antes del mundial Corea-Japón, al enfrentar la devaluada Copa de Oro de la CONCACAF. De hecho, este torneo nació devaluado y como casi todos los que el organismo ha organizado en su historia, esta a modo para que el equipo mexicano se lo lleve sin mayores dificultades, aunque las dificultades se las busquen ellos solos al caer en el menosprecio hacia el rival y el consecuente exceso de confianza, hayan llevado a naufragar en mas de una ocasión a la nave mexicana. A fin de cuentas, este es el torneo que México tiene terminantemente prohibido perder, su estatus teórico de potencia dentro de la zona no debe dar nunca para nada menos que el titulo. Sin embargo, no siempre ha sido así y la lección parece que no se aprende. La primera “copa de oro”, aquella de 1991, se presentaba entonces como una inmejorable oportunidad para el fútbol mexicano, pues era el primer torneo oficial después del “cachirulazo”, y el eventual triunfo seria un estupendo aliciente para devolverle a la afición y a si mismos algo de la confianza perdida luego de aquel episodio negro. También era la hora de la verdad para Manuel La puente, quien luego de obtener el titulo con el Puebla, tenia ante si la posibilidad de iniciar su etapa de consagración. En ese torneo, todo camino con la normalidad acostumbrada hasta llegadas las semifinales, donde enfrento al pujante cuadro de Estados Unidos. La posterior derrota supuso una enorme catástrofe para el fútbol mexicano, que no podía salir del obscurantismo en el que se había metido, y propicio así la llegada de Menotti al banquillo, tras la súbita renuncia de La puente. Por dos largos años se cargo con el estigma, hasta que llego el ’93 y con el, una contundente victoria en casa para adjudicarse al fin una copa que retendría por espacio de siete años. En el ínter se dio aquella victoria en la copa del ’96, la cual puede decirse que ha sido la única justa de este tipo en que los verdes podrían haber tenido alguna disculpa para no ganar, pues se tenia enfrente a un gran equipo brasileño, que si bien era el sub.-23, no dejaba de ser peligroso. Pero México gano bien y alargo su reinado. Todo caminaba sin mayores sobresaltos. Llego el 2000 y con el una nueva cita con los rivales de la zona. Pero la zozobra nuevamente surgió con la inesperada derrota con Canadá, y con ella, el inicio del largo y sinuoso camino que siguió nuestro balompié en ese año, con las eliminaciones de mundiales juveniles y juegos olímpicos, y la posterior salida de La puente, que cosa curiosa, parece no haber visto la suya en este certamen a pesar de que llego a ganarlo en el ’98. En esta edición, la cosa no cambia. Aunque el maltrecho prestigio de la selección mexicana ha hecho pensar a los rivales del área que los tricolores no son ni siquiera favoritos, es claro que la obligación sigue ahí, confrontando un torneo de poco cartel y menor calidad, lo cual no cambia ni con la presencia de invitados como Corea y Ecuador. En lo personal veo comprensible, aunque quizás poco profesional, mandar a un equipo “B” para utilizar el torneo como laboratorio. Pero en fin, solo puede esperarse que este grupo haga el mejor esfuerzo para ganarse individualmente un lugar en el mundial, y ganen el titulo a fin de recuperar algo de la perdida hegemonía en CONCACAF. No puede pedírseles menos, pero por favor, no se confíen, que las enseñanzas del pasado no queden en saco roto.

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