Lágrimas comunes

Ésta historia ya la conocíamos. La habíamos vivido en anteriores Copas del Mundo. Esfuerzo, garra, entrega y mucho talento se apreciaron en cada uno de los jugadores mexicanos que saltaron a la...

Ésta historia ya la conocíamos. La habíamos vivido en anteriores Copas del Mundo. Esfuerzo, garra, entrega y mucho talento se apreciaron en cada uno de los jugadores mexicanos que saltaron a la cancha con la disposición de hacer historia. El esfuerzo fue grande; hicieron que una muy titubeante primera fase quedara en el olvido. Le jugamos de tú a tú a Argentina, nos fuimos adelante y aún en el empate parecía que los teníamos en un puño. Al final… la desilusión y un consuelo que no por ser válido debe ser común: caímos con la frente en alto; ellos sudaron hasta el último minuto.

La Selección se merece un aplauso por la grandiosa demostración de futbol y coraje dada frente a los argentinos. Nos enseñó que sí es posible cambiar de un día para otro, que en el balompié, volvemos a decirlo, nada está escrito. Tuvo casi todo: movilidad en las bandas, una retaguardia tranquila y que salía con pelota controlada y cierta presencia ofensiva. Pero, el eterno pero, no encontró claridad a la hora de ofender y permitió que el partido se alargara hasta una instancia en la que terminó ganando el que más ganador se sentía, el que confió en sus posibilidades y sacó un truco de la chistera para poner las cosas en orden.

México sorprendió a propios y extraños. Los dirigidos por José Pekerman no podían creer lo que pasaba sobre el terreno de juego. Sin embargo, volvimos a quedarnos en la orilla, a dejar inconcluso un proyecto que se tejió con mucha paciencia y gallardía, pues se decidió mantener a Ricardo La Volpe pese a todas las críticas recibidas. Se dirá que el partido estuvo para ambos, que fue una genialidad la que nos dejó fuera de la Copa del Mundo. No obstante, para ser grandes hay que aceptar responsabilidades, y entre ellas está vencer todos los obstáculos, desde el árbitro hasta los momentos de inspiración del rival.

El pequeño paliativo está ahí: perdimos dignamente. No es suficiente. Quizás ese ha sido el error principal de nuestro futbol: pensar que las derrotas honrosas son un consuelo aceptable. Hay formas de perder, eso está claro. Los nuestros cayeron de la mejor manera posible. Pero si de verdad soñamos con ser una potencia futbolística ya no podemos aplaudir los tropiezos ni decir que se tuvo una actuación histórica cuando a fin de cuentas fuimos derrotados. El resultado, que es el que se recuerda, indica que Argentina siguió adelante y nosotros no. Los partidos en Copas del Mundo hay que ganarlos a como dé lugar, no importando el nombre del rival en turno.

Ya vendrán días mejores para evaluar con tranquilidad el recién concluido ciclo mundialista. No se alcanzó el quinto partido. Tampoco empeoramos. Nos mantenemos en un nivel aceptable, que no alcanza a encumbrarse, pero que está por encima de la media. Es difícil decirlo, el dolor aún se siente en lo más profundo del corazón… llegó la hora de pensar en Sudáfrica 2010. A cuatro años de distancia hay tiempo para soñar con que ese sí será nuestro Mundial. Mientras tanto, un reconocimiento al tricolor por el ímpetu mostrado y una invitación para darnos cuenta que las derrotas honrosas no por honrosas dejan de ser derrotas.

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