El fin de la mentira

Y de repente, aquél al que le habían dicho que estaba ciego, abrió los ojos y se maravilló con lo que vio, al que le pedían que no se levantara porque no podría caminar, salió corriendo con una...

Y de repente, aquél al que le habían dicho que estaba ciego, abrió los ojos y se maravilló con lo que vio, al que le pedían que no se levantara porque no podría caminar, salió corriendo con una felicidad total, el que supuestamente no podía hablar, comenzó a cantar de alegría. De repente, millones y millones de mexicanos, se dieron cuenta...

Se derrumbó el engaño, el gran teatro, la gran obra hormiga de convencimiento y resignación. El disco eterno que sonaba siempre en todos los rincones dejó de espetar sus frases de control que repetían si parar, "no puedes", "cierra los ojos", "no tienes talento", "no avances, no vas a lograrlo", "no levantes la voz", "en México no hay quien lo pueda hacer", "no naciste para ser Campeón, tal vez si fueras argentino", "estás maldito, eres el ya merito", "con que no quedes en último, ya está bien".

Un silencio reinó por unos momentos, un desconcierto y luego la verdad cayó de golpe ante todo México.

Unos niños, bueno unos casi niños de 17 años de edad comandados por un hombre al que el sistema no había alcanzado, a quienes nadie tomaba en cuenta y por lo mismo, aun no entraban en el "control", decidieron que era momento de que todos se enteraran de la verdad.

Estos niños, en un abrir y cerrar de ojos, desnudaron la gran mentira, ¡clic!, prendieron la luz y jalaron la manta que cubría nuestra esencia. ¿Y saben qué?, lo que descubrimos es maravilloso, nos dimos cuenta que no estamos malditos, que no tenemos problemas genéticos para conseguir el triunfo, que nuestros brazos, nuestras piernas, nuestra mente y nuestro corazón, pueden coordinarse de tal manera que con trabajo y dedicación, podemos ser los mejores en lo que nos propongamos.

Hoy sabemos la verdad, sabemos que si se fracasa es por un error común y humano, porque el rival trabajó más que nosotros, porque no siempre se puede ganar, pero nunca, y ya quedó bien claro, nunca nos podrán engañar nuevamente con que nuestra sangre es el problema. Nunca más nos tragaremos el discurso de que "en México no hay con qué, así que debemos de traer ayuda, hacer trampa comprando a alguien, disfrazándolo de mexicano y así a lo mejor no perdemos tan feo"… nunca más.

¡Ya no! Ahora sabemos la verdad, no debemos aceptar que se burlen de alguien que asegura que podemos ser Campeones del Mundo. Ya no nos deben faltar al respeto tan fácilmente, ya no nos podrán menospreciar, es el inicio, es cierto, ahora falta trabajar para lograr lo que ya sabemos que podemos conseguir.

Los que nos hipnotizaron durante tantos años con que nuestro problema era más genético que futbolístico, no se rendirán tan fácilmente, de hecho, justo mientras nuestros niños nos regalaban lo que muchos ya nos habíamos resignado a nunca disfrutar, justo cuando el futbol nos hizo llorar de alegría y no de coraje, justo cuando el interruptor se puso en encendido, el "control" insistía en que no podíamos, que debíamos llamar a alguien que, como no era tomado en cuenta en su país, se disfrazaría de mexicano para "salvarnos".

Aun mientras escribo esto los ojos se me llenan de lágrimas de emoción cuando recuerdo como nuestros chamacos nos enseñaron que somos otros. Pero lo que creo que nunca dejará de emocionarme, es que estos gigantes niños mexicanos nos dijeron que no somos ciegos, ni mancos, ni cojos, ni tontos y que no estamos malditos.

Nunca, chamacos, nunca podré olvidar que nos quitaron de encima el peso de los pretextos y nos recordaron que la responsabilidad del éxito o el fracaso depende sólo de la fuerza y convicción con la que se trabaje.

Hoy México es Campeón del Mundo, y yo no puedo parar de llorar de alegría.

Mi más sincero agradecimiento y total admiración a la Selección Mexicana Sub-17.

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