Por un balonazo

"No creo que sea la verdad, pero es tu decisión", le dijo el "Profe" a Jacinto cuando este le anunció su retiro del equipo. Y como casi siempre, el “Profe” Pedro tenía la razón, Jacinto no...

"No creo que sea la verdad, pero es tu decisión", le dijo el "Profe" a Jacinto cuando este le anunció su retiro del equipo. Y como casi siempre, el “Profe” Pedro tenía la razón, Jacinto no abandonaba los entrenamientos por los exámenes finales de segundo de secundaria, de hecho, poco le preocupaban.

La verdad era difícil de decir, Jacinto ya no quería jugar pues cada vez que tocaba la pelota, soñaba, y estaba harto de soñar, ya no quería… Ya no podía soportar soñar y llegar a su casa a toparse con la realidad, no quería tener que explicarle a su padre que el futbol no era de vagos, que no dejaría la escuela y que no se iba a fumar mota al Callejón del Gato después de la escuela.

Lo malo que tenía Jacinto Sánchez era una tremenda preocupación por lo que pensaban los demás, no le preocupaba tanto lo que pensaba su padre, si no lo que pensaban sus amigos cuando este lo regañaba, y lo que pensaba su tío, ese que lo contrataría en el taller cuando cumpliera los 16 y que cada vez que perdían los Pumas le iba a hacer la "Temoseñal" en la cara... "quien sabe porque tú, porque siempre le fue al Atlante".

"Eran tremendos –confesó años después Jacinto- te armaban y desarmaban la vida en una sentada, te decían cuantos hijos tendrías, de que te enfermarías, cuantas veces chocarías, en fin, sentían que podrían controlar todo desde un sillón... y si te dejabas, de veras que podían". Eso estuvo a punto de quitarnos a uno de los más grandes defensas centrales que hemos tenido en México.

Jacinto cuenta lo que le pasó y aun ahora se queda un tanto desconcertado. Desde el primer día dejó de ir a entrenar al "aztequita" como le llamaban, se le hizo raro aunque no le dio importancia. Pero luego de dos semanas, confirmó que algo muy extraño estaba pasando. Jacinto había dejado de soñar, pero no de soñar despierto, no en el aspecto romántico, si no que su mente, apenas intentaba conciliar el sueño, se quedaba en blanco y al despertar, se encontraba con un vacío tremendo. "Era como regresar de la muerte -comentaba entre escalofríos esos momentos- era la nada, la puritita nada, verda’ de Dios".

Jacinto entró en un estado de letargo, porque gran parte de lo que soñamos mientras dormimos es lo que nos impulsa a hacer algo cada día. No nos damos cuenta de ello, pero Jacinto, que había dejado de soñar, supo que era verdad. Así, caminaba por las calles como un fantasma, nada se le ocurría para hacer y apenas se detenía un poco, lo invadía un tremendo sopor que lo hacía quedarse dormido en blanco, sin una sola imagen en su cabeza.

El gran defensa lateral, Jacinto Sánchez, tuvo la respuesta el día que, amodorrado, pasó frente al campo de la Delegación justo cuando el centro delantero, un gordito de unos 90 kilos, con un tremendo punterazo mandó el balón por arriba de la reja y lo puso en su cara. El gordito no tenía puntería, pero si una fuerza respetable, así que cuando Jacinto oyó el "¡bolita, por fa… cuidadooo!", ya era demasiado tarde y sólo sirvió para que el que luego sería seleccionado nacional, levantara la cabeza poniendo justo su cara en el camino del balón.

Jacinto recuerda lo que pasó cuando sintió el impacto. "Lo único que vi fue el escudo de Balones Estrella hacerse gigante frente a mi y luego, como si alguien hubiera destapado los sueños de mi cabeza, miles de imágenes pasaron frente a mis ojos. Vi mis sueños, esos que se habían desaparecido, me vi feliz, persignándome al entrar a una cancha de pasto en un estadio lleno, me vi levantando los brazos y metiendo un gol de chilena que por cierto, nunca he metido, pero sobretodo, me sentí libre".

"Cuando más o menos pude reaccionar -finaliza Jacinto-, estaban frente a mi, del otro lado de la reja, el gordito y seis de sus compañeros uniformados con una playera que decía Zapaterías Miguel y aguantando la risa sin mucho éxito, preguntándome primero si estaba bien y luego que si les pasaba el balón de favorcito. Ahí regresé a la casa, mandé directito al diablo a mi tío, su taller, y su temoseñal, agarré los tacos y me convertí en futbolista".

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