Sueño eterno

"Quiero ir al Mundial", fue lo que dijo Ángel cuando sentado en la azotea de su edificio, supo de boca de su papá que si veía una estrella fugaz cruzar el cielo, debía pedir un deseo.

"Quiero ir al Mundial", fue lo que dijo Ángel cuando sentado en la azotea de su edificio, supo de boca de su papá que si veía una estrella fugaz cruzar el cielo, debía pedir un deseo.

Ángel Domínguez tenía por ese entonces 8 años de edad y el futbol para él era una cascarita entre cuatro piedras en el parque frente a su casa, domingos cálidos en casa frente al televisor y de vez en cuando viajes al "mismísimo estadio Azteca", como le llamaba Ramiro, su padre, cuando le anunciaba que había conseguido boletos.

Pero para Ángel pronto el futbol se volvería algo más. Un día descubrió que la esfericidad del balón permitía su manipulación de maneras inusitadas, se dio cuenta que la pelota lo obedecía, iba a su velocidad, pasaba por donde él se lo indicaba y volaba con unas curvas exactas "¡uy! como las de la tele", pensaba entonces.

La fama de Ángel pronto se extendió entre las "retas" de la colonia hasta que un día su padre lo vio jugar sin que se diera cuenta cuando salió a llamarlo con toda la intención de pegarle un par de gritos puesto que ya estaba oscuro desde hace un rato. En lugar de gritarle, Ramiro se quedó petrificado en la banqueta, incrédulo de lo que su hijo hacía y deshacía con la pelota; cuando Ángel se dio cuenta de la presencia de su papá lo encontró con los ojos llorosos, hecho una estatua en la banqueta y lo llevó de la mano a casa.

-¿Qué pasa pa’, qué tienes en los ojos?, preguntó Ángel mientras cruzaban la puerta del edificio.

Ramiro no le pudo contestar a su hijo, sólo le acarició el pelo mientras subían las escaleras, pero al día siguiente pasó por él a la escuela y sin decirle nada lo llevó a las canchas del Deportivo, donde fue aceptado en un equipo.

En cuestión de dos meses, Ángel estaba ya en Fuerzas Básicas de un club grande, en cosa de dos años, al cumplir 13, se había convertido en la sensación jugando con un equipo Sub-15, a los 17 estaba debutando en la Primera División en, sí, "el mismísmo estadio Azteca" y a los 23 era simplemente el mejor.

Ángel vio como el futbol lo hizo estrella, como le dio dinero para ayudar a su familia y para meterse en líos, se sorprendió cuando alguien publicó por primera vez una historia inventada acerca de él, pero luego se acostumbró a que la vida que tenía en los periódicos fuera la de otro con su rostro.

Así llegó Ángel a los 32 años, con la fama metida en el bolsillo, una rodilla casi biónica, un idilio interminable con la pelota, un par de hijos soñados y una sonrisa en el rostro.

Pero cada noche, en el gigante jardín de su casa bellísima, Ángel se recuesta a ver el cielo y siempre que ve una estrella fugaz pide, con la misma taquicardia que le provocaba a los 8 años de edad.

"Quiero ir al Mundial".

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