La casa del futbol

A Epifanio Morales el destino lo puso en medio del camino del futbol. Cuando en el comienzo de la década de los treintas se decidió construir el Parque Asturias, la casita que Epifanio había...

A Epifanio Morales el destino lo puso en medio del camino del futbol. Cuando en el comienzo de la década de los treintas se decidió construir el Parque Asturias, la casita que Epifanio había heredado de sus padres quedó en medio del proyecto.

El "Fanny" como lo llamaban sus amigos, era un abrumado empleado de correos e inconcluso estudiante de letras. Huérfano desde los 17 años por una de esas tragedias que salen en los periódicos, prácticamente se había quedado solo en el mundo con una casita de cuatro cuartos, 10 macetas, un perro cojo llamado "Pirata", un futuro cortado en dos y una decente colección de libros que ocupaban un cuarto entero de la casa.

Así pues, cuando llegó un lunes del trabajo tras manosear correspondencia ajena y vio a un grupo de 20 gentes midiendo los terrenos aledaños a su casa, no se imaginó que su destino daría nuevamente un vuelco abrumador. Uno de los lejanos vecinos de esos, también lejanos rumbos de la calzada Chabacano, se acercó a Epifanio para darle la primera noticia de su nueva vida, "quieren construir un estadio monumental para patear cuero justo junto a tu casa".

En parte esta primera información era cierta, con la salvedad de que no era junto a su casa donde estaría el estadio, sino que el quinto pilar de la cabecera norte, se levantaría justo entre la cocina y la recamara del "Fanny". El proyecto era fuerte, había dinero para cubrir los gastos necesarios y negociar con cualquier problema.

De esta forma, luego de tocar a su puerta, los ingenieros comenzaron con las propuestas; la número uno, 10,000 jugosos pesos que le permitían vivir "más cerca de su trabajo", fue descartada por Epifanio; la segunda, un departamento en un novísimo fraccionamiento de modernidad incomparable y mil pesos para su mantenimiento, fue negada también por el "Fanny", así que llegó la pregunta clave, "¿qué quiere Usted Señor Morales?", a lo que el corazón de Epifanio, sacudido por una oportunidad para un golpe de timón, respondió: "trabajo, un nuevo trabajo en el estadio y mi casa lo más cerca de lo que está ahora".

Con esto, el "Fanny" se convirtió en una especie de velador-administrador-habitante de un templo futbolero de madera que olía a un perfume incomparable el primer día de Marzo de 1936, cuando su inauguración cimbró el entorno deportivo de nuestro país. Epifanio había recibido una casita prácticamente integrada al coloso y por un sueldo que superaba en algunos pesos al que le daban en correos, era el encargado de todo lo que se necesitara, asegurar el mantenimiento en general, regular los jardineros, checar la limpieza del estadio, recibir las bebidas e incluso pintar los postes, las líneas del campo y uno que otro letrero en las tribunas.

El hombre nunca había visto un partido de futbol en vivo, de hecho, las narraciones de radio nunca lo llevaron a imaginar algo como lo que vio en el primer duelo que disfrutaría justo en lo que era su nueva casa. El Botafogo de Leónidas lo maravilló y lo llevó incluso a su primer grito de asombro, aun siendo el rival de su nueva playera, la franela grana-marino del Asturias. El perro "Pirata", nuevo guardia de seguridad del estadio, lucía dos franjas de los colores asturianos en el lomo con todo el porte que le permitía su cojera y se convertía en la mascota de los 20 hombres con los que conviviría hasta que la incipiente mancha urbana lo alcanzara y convirtiera en tapete en medio de una moderna avenida.

Epifanio cuidaba con total entrega todos y cada uno de los rincones del bellísimo estadio de madera y personalmente arreglaba cualquier desperfecto que pudieran tener los larguísimos bancos y delgados pilares. La cancha era su pasión, al levantarse todos los días, antes de la llegada de los jardineros, revisaba cada metro de lo que se había convertido en el templo de sus creencias y detallaba cualquier imperfección para que a los encargados del césped no se les escapara.

Los días de partido se sentaba al borde de la tribuna norte, justo en el lugar donde sus padres dormían y desde ahí, con "Pirata" al lado, llevaba a su corazón al límite ante los aciertos y desventuras de su Asturias, pero también ante las inminentes admiraciones a estrellas rivales. Ahí, parado justo donde cuatro décadas atrás había sido procreado, nacía, moría y se enamoraba cada tarde de futbol.

Al final del partido, siempre iba a saludar a sus jugadores y mientras la gente salía de las tribunas, caminaba su campo, lentamente, miraba hacia los arcos, iba a las esquinas, se paraba en el centro de la cancha y se quedaba ahí mucho tiempo hasta que debía despedir a los jugadores y cerrar las puertas del estadio.

Tres años después, un 29 de Marzo en lo que parecía un día de fiesta, el ídolo del Asturias, Horacio Casarín, fue partido en dos por, gritó Epifanio, "¡ese mercenario malparido!" que por cierto se apellidaba Soto. Pese a que el resultado fue un empate, la artera agresión sobre el icono nacional, llevó al público a prender fuego a las tribunas. Epifanio, con angustia total, veía como las llamas iban consumiendo cada rincón de la casa del Asturias, de su casa y la convertía en cenizas tras horas de un fuego desesperante. El "Fanny" gritaba, aullaba, daba órdenes a los bomberos y luego, al ver que no había remedio, despareció sin dejar rastro y nadie pudo hallarlo jamás.

Al recoger los escombros, los trabajadores llamaron a los dueños que supervisaban los trabajos, habían encontrado el lugar donde seguramente estaba la casita de Epifanio y el ya aplastado "Pirata". Al levantar los restos de los calcinados tablones encontraron una increíble colección. Epifanio había ido guardando algunos retazos de la historia de su equipo, como pedacitos de pasto cuidadosamente plantados en macetitas con nombres y un marcador pintados, "Casarín, 4-0", "Romero, 1-1". Algunos balones con las mismas señas y sobre todo dibujos, muchos dibujos de jugadas de futbol.

Pero lo que más emocionó a los empresarios fueron los restos de un papel enmarcado que decía, "El futbol tocó a mi puerta, hizo de mi casa su casa, hizo una cancha en mi jardín y metió un corazón en mi cuerpo. Algún día, el futbol invadirá el mundo y en ese momento, la felicidad se volverá redonda. Algún día, Dios jugará futbol y dejará de ser tan cruel. Algún día, el cielo y el infierno, jugarán por mí".

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