Roto

La alegría que sentí la primera vez que pisé un campo empastado fue el primer golpe de emoción que me dejó el futbol directamente. Recuerdo que a los 10 minutos de empezada la famosa "prueba" en...

La alegría que sentí la primera vez que pisé un campo empastado fue el primer golpe de emoción que me dejó el futbol directamente. Recuerdo que a los 10 minutos de empezada la famosa "prueba" en la cancha 8, "los de pants", palabras que usó el Profe para señalarnos a los visores, me llamaron para preguntarme mi edad, -13 años, contesté- y me señalaron un señor de traje que se ubicaba al fondo de la cancha contigua y con quien tenía que ir.

Los 10 primeros minutos de partido en la fugaz y terregosa cancha 8 me habían dado el derecho a la verdadera "prueba" y así, crucé el umbral, pasé del desorden ventoso de la tierrita en que siempre había jugado y tras una puerta de malla ciclónica, pisé por primera vez una cancha empastada. Con medio metro todo cambió, el caótico polvo que volaba entre líneas de cal rebeldes, se convirtió en una alfombra perfecta de mullido césped con líneas perfectamente pintadas, redes por donde el balón no escapaba, banderines en las esquinas, uniformes perfectos y ese olor, ese olorcito a pasto recién cortado.

Al entrar a este nuevo mundo, mi primera reacción fue sacudirme el short que había quedado empanizado por una barrida y comencé mi camino hacia el trajeado que marcaría mi futuro. Veinte minutos después, tras comenzar un partido para vernos jugar, algunas indicaciones del hombre de traje, me avisaron que un pase no siempre se da cuando uno quiere, si no cuando el equipo lo necesita… esta fue mi primera "indicación táctica".

Entré al Potros 13 y tras un torneo de prueba, firmé contrato. ¡Firmar contrato! Pero tampoco era la gran cosa, un par de hojas que realmente firmó mi padre y en las que se explicaba que el club era dueño de mis derechos de futbolista y que mientras no me vendieran, sólo podría jugar dónde ellos me dijeran. "Esta es tu carta y con ella te moverás en toda tu carrera", explicaron.

Todo fue rápido, la escuela y entrenar no daban mucho tiempo para pensar. Cuando me di cuenta, a los 17 años estaba en Reservas Profesionales, ya no tenía tiempo para ir diario a la prepa y en un parpadeo llegó el debut en Primera División, un sueldo de seis cifras y las llamadas de los amigos que hacían peticiones infinitas para darme con ellos una vueltecita "qué me vean contigo, ¿no?, a ver si jalamos una viejas".

Así, también casi sin darme cuenta, un mediodía caluroso pegué un sprint a un pase filtrado, me distraje, perdí el ritmo y cuando me barrí por la pelota, el portero estaba encima de mí. Recuerdo cómo se protegió ante mi descuido, incluso no agarró la pelota sino que la manoteó para intentar evitar el choque, pero mi mente se quedó en blanco y mi pierna fue a dar justo a sus tachones. Sentí un golpe seco, un dolor especial, no era insoportable, pero si desconocido, sentí como se partió algo dentro de mí y como un frío extraño recorrió mi cuerpo. Alcance a ver como el portero se levantó cojeando y con una cara de mucho dolor, manoteba a la banca, bajé la vista y no vi la punta de mi pie donde debería estar.

"Doble tibia y peroné", dijo el Doctor y tras la operación, completó, "si todo va bien, podrá caminar sin problemas, la fractura fue muy arriba y el hueso roto lastimó mucho el músculo", esta era una sentencia que no tendría vuelta atrás y el futbol profesional quedó descartado para mí. Me había convertido en un jarrón carísimo y roto en mil pedazos. "El club te dará todo el apoyo para que reanudes tus estudios", fue la frase que concertó el fin de mi contrato, diez partidos después de llegar al limbo.

Y así fue, reinicié mis estudios y ahora, atrapado en la burocracia, con 99 por ciento de amigos menos, regresé a formar parte de los hombres sin rostro, de las manchitas de colores en las tribunas que, desenfocadas, salen en las fotos de los festejos de los goles.

Ahora, cada partido me siento en la tribuna con un nervio increíble, veo los juegos, los pienso con un cosquilleo en la parte de atrás de la cabeza, que baja hasta mi pierna derecha a la altura de la cicatriz con cada patada que se dan en el campo. Años después, aun las sensaciones son las mismas, y siempre, cuando me levanto a festejar un gol, ese desesperante cosquilleo de ansiedad, esa comezón imposible de rascar, se traslada a mi corazón.

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